Mes: enero 2014

La hoja de papel.

La hoja de papel soñaba con todo lo que quería ser. Deseaba ser un soneto de Shakespeare o una rima de Becquer. Quería ser un poemínimo de Huerta o un cuento de Kafka. Soñó con ser el inicio del Quijote o el final de una fantástica saga.
Mientras fantaseaba apareció una mano que acarició su figura. Tomó una pluma y la hoja no cabía de la emoción. Contó a diez controlando su respiración, para evitar arruinar la lírica que correría sobre ella. Imaginaba que estaba sobre el escritorio de un gran poeta, un novelista famoso o un importante periodista. Quería ser una hoja trascendente en la historia de la literatura. Deseaba ser arcilla en manos de un gran artista.
La punta de la pluma tocó por primera vez su piel y un escalofrío se extendió desde la esquina superior izquierda hasta el resto de su esbelta superficie. No había sentido antes semejante placer. La mano escribía con firmeza. Le dolía un poco la presión que ejercía sobre ella, como queriendo grabar en piedra lo que escribía, pero lo soportaba con estoicismo pensando que ese pequeño dolor era el precio del arte.
“Ola ke ase” garabateó la mano sobre ella. La hoja, de la vergüenza, se pintó de mil colores, invisible a la vista ya que el blanco es el exceso de luz y color. Las otras hojas; con sus apuntes de química, física y biología; se burlaban de ella.
La pobre hoja deseaba ser usada para encender una fogata y esfumarse por el aire como humo y cenizas. Pero todavía no terminaba su terrible humillación. Una mano se colocó sobre ella mientras una segunda la jalaba de una orilla. Arrancaron el extremo que estaba garabateado y se llevaron una parte de ella. Mutilada la pobre hoja hubiera llorado de saber las hojas hacerlo. Veía volar su retazo desprendido por el aula en el que se encontraba, hasta llegar a una mano expectante que procedió a extenderlo.
La hoja terminó el día garabateada con trazos sin sentido y dibujos indecentes. Se reencontró con su pedazo faltante en el bote de basura. Lo habían usado para registrar una conversación insulsa. Pobre hoja soñadora.
Su historia no termina ahí. La hoja fue parte de un poco de composta que absorbió un árbol y le permitió ser algo más a nuestra trágica hoja. Deseaba ser una novela, un libro de texto, un programa de una obra de teatro o un folleto para una buena causa. Lo volvería a intentar pero quería que su vida significara algo. Jubilosa e ilusionada pensaba la hoja en cuál podría ser su próximo destino mientras reposaba en un anaquel, ahora como parte de un rollo de papel de baño.
Ave Literaria.

La limpia.

2 de enero de 2014
El 2014 da sus primeros pasos, de forma incierta empieza a mostrarnos sus dientes, por lo pronto en México es frío. Las ondas frías continúan, pero no es nada extremo, el frío es manejable. 
Mi mamá decidió hacer una “limpia”. Apareció quemando copal y romero por toda la casa. Humo era la marca de que ya había pasado por ese lugar, aunque después de unos minutos había humo en los lugares por los que aún no pasaba.
A veces puedo ser muy arrogante y con mi acostumbrado escepticismo le dije “¡Eso no sirve!”. Mi mamá siguió en lo suyo, sonriendo el tipo de sonrisa que dice “sabía que dirías eso”. Siento que sólo fue al lugar en el que me encontraba para sacarme ese comentario. Todavía sonriendo me dijo “Dice tu tía que te pase un huevo. Al rato vengo con uno”.
Resoplé y después de toser, por el humo, le dije que el 2013 no fue un mal año. “No me fue mal, no terminé en el hospital ni una vez, podemos decir que fue un buen año”. Siguió su camino por la casa con su sonrisa traviesa.
Claro que mi madre tenía otras ideas en su cabeza: mi tesis, que consiga trabajo y, por supuesto, que mantenga mi racha de buena salud.
Me rehúso a creer en cualquiera fuerza mística, llámese religión, magia, energía, milagros, destino, lo que sea; todo está vetado en mi mente de forma sistemática, pero me gusta saber de todas. Son ideas poderosas con un peso social considerable y suelen estar plagadas de historias fascinantes, por ello frecuentemente me encuentro leyendo sobre alguno de esos temas que no profeso.
Disfruto hablar con personas de diferentes creencias y compartir sus historias de regocijo y fervor. A veces envidio a las personas que creen en algo por esa sensación de calidez, que encuentro reconfortante, producto de su fe. Esto no significa que desee convertirme en creyente, no cambiaría la persona que soy, me divierto demasiado en mi pesadez y las constantes preguntas y dudas existenciales son lo que llenan mi ser.
Ahora que me pongo a recordar, a principios de 2013 me hizo una limpia y tuve un buen año.
—¡Mamá! Te faltó por acá…
No vaya a ser la de malas. Mejor cubramos todas las bases.
—¿En dónde dejaste el huevo? Voy por él.
Ave Literaria