Mes: mayo 2014

Regálame tu esencia

Soy tan ingenuo como para creer todo lo que leo. Soy tan listo como para no hacerlo siempre.

En este momento leo La Inmortalidad de Milan Kundera, entre otros libros que desfilan por mis manos de forma paralela. Con lo que me quedo hoy es con una idea muy simple y tal vez un poco controversial sobre los regalos.

“Imagínense que tienen un amigo que ama a Schumann y odia a Schubert, mientras que ustedes aman enloquecidamente a Schubert y Schumann les aburre mortalmente. ¿Qué disco le regalarían a su amigo para su cumpleaños?” (Kundera, 2009)

Kundera nos dice en su novela que, parafraseando y tal vez mal interpretando, uno no debe regalar algo que sepamos le va a encantar a la persona en cuestión. Es mejor regalar algo que nosotros disfrutamos, aún cuando sepamos que la persona podría odiarlo o tirarlo.

¡Cuando hacen un regalo quieren hacerlo por amor, quieren darle a un amigo un trozo de sí mismos, un trozo de su corazón! (Kundera, 2009)

¿Por qué hacer eso? Seguro se lo preguntarán, como yo lo hice. ¿Qué no el punto de todo regalo es dar algo que disfrute la persona celebrada? Pero aquí se pone interesante. Un regalo debe reflejar lo que somos, debe hablar de nosotros, debe mandar un mensaje y reflejar la honestidad del que lo entrega.

“Si le hubieran dado el de Schumann se habrían quedado con la desagradable sensación de que el regalo no habría sido sincero y de que habría parecido más bien un soborno con el que pretendían calculadoramente comprar la voluntad de su amigo”. (Kundera, 2009)

Así funcionan las amistades, muchas veces pensamos que necesitamos decir lo que quieren escuchar, pero pocas personas tienen el valor de decir lo que en verdad piensan. El mejor regalo que podemos hacer a un amigo es la honestidad y la lealtad a nuestros ideales. La amistad como toda relación es un intercambio, no esperamos que la persona piense igual a nosotros, esperamos que nos ayude a llegar a una verdad compartida. Cualquier regalo a un amigo debe ser uno en el que busquemos dar algo para que piensen en nosotros cada que lo vean y esos regalos no se limitan a bienes materiales.

Busquemos regalar una parte de nosotros. Regalar una parte de tu esencia no es cosa fácil y lo normal es preferir el acto de hipocresía que señala Kundera.

¿Se atreverían a realizar semejante acto de honestidad?

Trabajos citados

Kundera, M. (2009). La Inmortalidad. México: Tusquets.

 

Una llamada

Mi día empezó con una llamada ¿qué tiene de especial una llamada? Nada, las llamadas se han vuelto algo tan uniforme como las cartas; recibes cuentas, avisos, promociones y muy de vez en cuando alguien habla para preguntarte cómo estás. En el caso de esta llamada, fue su naturaleza absurda la que la distinguió del resto.
Respondí con la voz más amable que pude conseguir justo después de despertar. Del otro lado estaba una mujer, una mujer enojada, aunque me parece que sería más apropiado catalogarla como enfurecida. Olvídense de las tradicionales cordialidades, al terminar mi “buenos días ¿quién habla?” se entregó a su diálogo encabritado. No había forma de detenerla y no me quedó de otra que escuchar, porque una persona educada no cuelga, aun cuando lo estén insultando. Pasaron segundos y cuando sentía que empezaba a llegar al final de su diatriba encontraba otro recuerdo inspirador y seguía con mayor vigor que antes. Pasaron minutos y tuve que cambiar de oído porque el derecho estaba rojo, inflamado y hasta temblaba por el abuso que había recibido. Pasó una hora y no veía el fin de esta tortura.
Conforme la escuchaba enumerar cada uno de mis pecados no pude evitar sentirme culpable y empezar a aceptar la verdad detrás de sus palabras. Fue ahí cuando mi instinto se sobrepuso a mi educación e intentó interrumpirla con un tímido “lo siento”. Continuamos así un par de horas en las que ella había llegado al punto de intentar exorcizar al demonio que juraba que llevo dentro, combinado con mis incipientes intentos de asumir las consecuencias de los actos que me adjudicaba y disculparme.
Finalmente, mientras veía el atardecer desde mi ventana, cansado, habiendo llorado unas cuatro veces, con hielo en la oreja izquierda y el auricular en la derecha (después de unos veinte cambios), con un terrible dolor de cabeza y de haberme sobrepuesto a dos momentos en los que sentí que me infartaba; la mujer terminó con un “¿qué, no va a decir a nada?” Tardé unos minutos en darme cuenta de que se había callado, sólo escuchaba su respiración, estaba desconcertado porque había olvidado a qué sonaba el silencio. Una vez que me recuperé de la impresión, que me di cuenta que había perdido todo el día en esa insulsa llamada, recordé lo que había querido decirle desde el principio.
—Disculpe señora pero se equivocó de número…aquí no vive Juan…
Ave Literaria

Quicksand

Inmerso en la confusión emocional de una vida saturada por la densidad del punto en el que te encuentras, que momentáneamente no da lugar para avanzar.
Cuando tu vida parece estar manejándose sola y tu sólo puedes reaccionar, tenderás a equivocarte, hacer cosas que normalmente no harías, avanzar por caminos no esperados ni requeridos.
Llega un momento en el que te mueves sobre arena movediza. Cada paso o cada movimiento te hundirá más, tu temor es tan grave y la situación te ha superado al grado de congelarte. Sumido y paralizado en tu vida, dejas que te lleve a donde quiera, avanzas con la corriente del fango que te tiene atrapado.
Lo curioso es que la aparición de este fenómeno absorbente es creación tuya. Tú llevaste arena y agua, la fuiste juntando, empezabas a notar que la cosa se complicaba, cada día te costaba más trabajo moverte pero seguías llevando agua y arena para que se mezclaran. Casualmente las condiciones se prestaron para la aparición de arena movediza. Finalmente llegó el temido día en el que te fue imposible caminar y te empezaste a hundir. Tu primera reacción fue luchar, pero cargar arena por días te había cansado y tu espíritu se quebró. Te paralizaste y perdiste el control de tu vida.
Entiendes lo suficiente de tu situación como para saber que no debes luchar, sabes que no debes quedarte inmóvil, estás conciente de que no sabes como salir. Todo proyecto que inicias lo dejas, en poco tiempo, por la falta de resultados. Sólo piensas en el corto plazo cuando deberías ampliar tu perspectiva y planear a mediano o largo plazo, lo que sea necesario para salir.
Te sientes decepcionado por haber permitido que cayeras ahí. Tu razón te deja ver que sentirte así no te va a librar del problema. Te enojas contigo pero también suprimes esta reacción para concentrarte en salir. Sientes miedo y aquí vuelve a lucirse tu racionalidad, porque te hace ver que le temes más a temer, que a la situación en la que te encuentras. Sabes que el miedo sólo complica más las cosas, por lo tanto te prohíbes temer, tu miedo al miedo te imposibilita sentir.
Al final del día ni siquiera entiendes como te sientes. Tu racionalidad te ha querido llevar a un estado libre de emociones y su fallido intento sólo te trajo confusión.

…y devorarte como el fruto prohibido que eres

El instante en el que cruces el umbral del mundo en el que aún podemos existir, el umbral del placer, tomarte y no dejar que avances, para no desperdiciar un segundo más sin mis manos sobre ti. En ese instante pasarás a estar en mis manos, dóciles recorriendo las partes que mis labios dejen libres. Lentamente creando un camino descendente, abriéndose paso al lugar en el que nacen todas mis pasiones y mis delirios. Mi boca en tu cuello, mis manos escabulléndose bajo tu ropa. Ahí contra la pared sintiendo mi anhelo y mi deseo. Te quitaré lo necesario y no más, suficiente para poder llenarte de mí. Suficiente para preparar, con mis manos, tu excitación abriendo paso a mi boca. Suficientes besos y suficientes dedos para llevarte al borde, justo al borde y no más. Expectante, anhelante, deseosa, llamándome con tu humedad… para hincarme frente a ti y devorarte como el fruto prohibido que eres. Devorarte hasta que pierdas sensación de la realidad. Lamerte hasta que olvides tu nombre. Comerte hasta que tus piernas fallen y no te puedas mantener de pie. Aferrada a lo que esté a tu alcance para no caer y no parar. Comerte ahí contra la puerta, antes de que puedas decir hola o dejar tus cosas. Recibirte con un orgasmo o muchos, mejor muchos. Porque no hay mejor de forma de decir “bienvenida” que con un orgasmo. 

La melancolía de Munch

 

Ayer me enfrenté a tantas de esas certezas inciertas como las que siempre se postran ante mí. No fue hasta que estuve parado frente a un cuadro de 1×1 que lo entendí, el mundo fluye sin más.

Nosotros nos detenemos a observar la incertidumbre, los eventos; a encontrar y descubrir, a rememorar y suspirar; pero el mundo y la vida avanzan. El tiempo no es inmisericorde, el tiempo “es”, así como nosotros somos. Somos vida, somos alegría y tristeza, inseguridad y conflictos, temores y gozo, dicha y preocupaciones; somos ciegos y observadores, aprehensivos y despreocupados. Somos sueños e ilusiones, dudas y evasiones. Le damos sabor y agregamos contenido a la realidad, ya que la realidad sólo “es”, plana e insípida, sucede por suceder. No hay grandes explicaciones, razones divinas, explicaciones místicas ni planes preconcebidos. Somos coincidencias y hechos en potencia de acaecer.

La percepción de la realidad surge como reacción a las impresiones frente a la naturaleza, la sociedad y el movimiento. Las expresiones defienden un existir más personal e intuitivo, donde predominan los impulsos y las alteraciones. Las modificaciones inesperadas de las interacciones con terceros, con descontrolados e inercias desorbitantes. El deseo de control nos impulsa a querer aprehender todo con lo que interactuamos, como una reflexión interior plasmada en la realidad de la impresión del mundo y la vida. Eres ese impulso que descarrila, esa inercia que desvía, ese deseo que motiva. El instante que perdura en su disipada existencia. Eso eres, eso somos.

Los instantes son como el Bosón de Higgs, sabemos que existen porque estamos llenos de pruebas y señales de ello; pero los momentos son tan efímeros que no hay forma de detenernos y comprobar su existencia. Cuando ocurrieron y lo notamos, esos instantes pasaron y se fueron. No hay forma de detenerlos, atraparlos y decir: sucedió y existen. Pero sabemos que están, que ocurren, porque son la base de nuestras experiencias. Y nuestras vidas son un cúmulo de recuerdos y experiencias, de instantes grabados de forma imperfecta en el mar de la memoria.

Me encontraba, como siempre, preocupado por el pasado, el presente y el futuro. Pero la vida sólo es y eso me lo dijo Munch. Él se encontraba allí, enfrascado en la melancolía, en su melancolía mientras la realidad ocurría, subjetiva y relativa, insípida como siempre, modificada por nuestra visión surreal que usamos para adaptar la realidad a nuestras retorcidas percepciones. Era el sueño de lo que aún no ocurría, el sueño de las posibilidades, la fantasía desmitificada de la concepción. La valentía de quien interrumpe el sueño y exige un poco de candor y sensatez en medio del arrebato de pasión; eso es lo que sacude a uno, lo que se celebra, lo que se espera. Ese abrir los ojos ante la moralidad abyecta, ante las perversiones ocultas y los fetiches cohibidos. De eso se trata el movimiento detrás de la melancolía, de eso se trata la vida y la espera.

La vida es ese beso y esa caricia que nos aguantamos. La vida es todo lo que estaba escondido debajo de un vestido. La vida es esa mirada a nuestras manos entrelazadas. La gota que cayó sobre mi nariz, la lágrima que alguna vez limpié de tu rostro y las sonrisas que me regalaron. La vida son los sueños que no se han soñado, los recuerdos perdidos y los conflictos evadidos. Los momentos incómodos y la pasión reprimida. La vida es estar parado frente a la melancolía de Munch, sentirla y compartirla. La vida es interpretar la obra y la emoción de una persona muerta, y por unos instantes devolverle su vida. La vida es ese instante que compartimos. La vida es coincidir y coincidir es compartir.