Risas idílicas

Encontrar pequeñas joyas perdidas inmersas en la ciudad es un deleite. Lugares que logran resguardarse del caos de una ciudad tan grande, y convertirse en pequeños oasis de pasividad. En donde, ignorando la “artificialidad” del efecto, el toque de la naturaleza aún se hace sentir.

Caminando perdido en ideas, llenas de recuperación y delirios de grandeza, me encuentro con un niño. Un niño riendo mientras brinca en un tombling con su… no sé, con un joven. El niño ríe y grita como si no existiera mayor placer ni mayor júbilo que saltar.

El niño ríe con desvergüenza, desfachatez ¡libre! Sin presiones, cuestionamientos ni pendientes; sin juzgar, sin inhibiciones ni condiciones. Ríe por reír, por el gusto, por la alegría. Por el viento en su cara, por el sol, por el movimiento y el vértigo que produce “volar”. Ríe con asombro, emoción y regocijo. El niño irradia frescura.

Toda risa es contagiosa. Ya sea porque incita a acompañarla o porque invita a reírse de ella. Pero no hay nada como la risa de un niño. La risa de un niño te lleva a sueños idílicos, líricos; recuerdos de tiempos “mejores”. Tiempos sencillos e inocentes, llenos de magia y fantasía, de ignorancia ocupada por alegría pura. Momentos en los que la vida se disfrutaba como un juego, sin cuestionarla.

Ese niño representa lo que he olvidado. Lo que dejé caer en el trayecto, en la larga travesía de lo que a veces aparenta ser un desierto interminable. Ese niño es un verdadero oasis. Representa la sombra y el agua necesaria para seguir cruzando la aridez de la vida.

Me encanta observar como los niños se maravillan y gozan de las cosas sencillas como el agua en una alberca. Existe una insistencia, una presión, para que dejemos al niño y nos convirtamos en adultos ¿Cuándo vas a madurar? “Es hora de crecer” nos dicen, pero ¿no sería mejor la vida si la disfrutáramos como niños? ¿En qué momento perdimos la habilidad de reír como si saltáramos y de maravillarse con una alberca? Es cierto que la vida se hace más compleja, las responsabilidades aumentan y uno no puede pasarse la vida jugando. Pero nunca debemos dejar de asombrarnos como niño. El momento en el que perdimos el gusto por las cosas sencillas de la vida, perdimos la habilidad de asombro y el desierto apareció.

Recuerdo un día en el que cayó la primera nevada del año y para el caso también la primera nevada en mi, entonces, corta vida. Mi papá estaba de viaje y no pudo ser testigo de la fascinación que generó ese polvo blanco en su “pequeño”. Como todo niño, después de ser enfundado en cuanto pedazo de tela que encontró mi mamá, salí a jugar. Corrí, grité, reí y salté. Aventamos bolas de nieve, nos deslizamos y construimos un gran muñeco. Pero la ausencia de mi papá creó un vació que sólo él podía llenar. Unos días después regresó mi papá. Nos deslizamos en la nieve con trineos improvisados, hechos de bolsas y cartón. Quedaba poca nieve, pero en mi memoria ningún día, jugando en la nieve, superó a ese.

Después de dar varias vueltas finalmente entiendo: el niño no ríe por los saltos, ríe por el simple gusto de estar con su, muy joven, padre.

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