Una llamada

Mi día empezó con una llamada ¿qué tiene de especial una llamada? Nada, las llamadas se han vuelto algo tan uniforme como las cartas; recibes cuentas, avisos, promociones y muy de vez en cuando alguien habla para preguntarte cómo estás. En el caso de esta llamada, fue su naturaleza absurda la que la distinguió del resto.
Respondí con la voz más amable que pude conseguir justo después de despertar. Del otro lado estaba una mujer, una mujer enojada, aunque me parece que sería más apropiado catalogarla como enfurecida. Olvídense de las tradicionales cordialidades, al terminar mi “buenos días ¿quién habla?” se entregó a su diálogo encabritado. No había forma de detenerla y no me quedó de otra que escuchar, porque una persona educada no cuelga, aun cuando lo estén insultando. Pasaron segundos y cuando sentía que empezaba a llegar al final de su diatriba encontraba otro recuerdo inspirador y seguía con mayor vigor que antes. Pasaron minutos y tuve que cambiar de oído porque el derecho estaba rojo, inflamado y hasta temblaba por el abuso que había recibido. Pasó una hora y no veía el fin de esta tortura.
Conforme la escuchaba enumerar cada uno de mis pecados no pude evitar sentirme culpable y empezar a aceptar la verdad detrás de sus palabras. Fue ahí cuando mi instinto se sobrepuso a mi educación e intentó interrumpirla con un tímido “lo siento”. Continuamos así un par de horas en las que ella había llegado al punto de intentar exorcizar al demonio que juraba que llevo dentro, combinado con mis incipientes intentos de asumir las consecuencias de los actos que me adjudicaba y disculparme.
Finalmente, mientras veía el atardecer desde mi ventana, cansado, habiendo llorado unas cuatro veces, con hielo en la oreja izquierda y el auricular en la derecha (después de unos veinte cambios), con un terrible dolor de cabeza y de haberme sobrepuesto a dos momentos en los que sentí que me infartaba; la mujer terminó con un “¿qué, no va a decir a nada?” Tardé unos minutos en darme cuenta de que se había callado, sólo escuchaba su respiración, estaba desconcertado porque había olvidado a qué sonaba el silencio. Una vez que me recuperé de la impresión, que me di cuenta que había perdido todo el día en esa insulsa llamada, recordé lo que había querido decirle desde el principio.
—Disculpe señora pero se equivocó de número…aquí no vive Juan…
Ave Literaria

5 comments

  1. jajajajaja, ya me paso una vez y cómo me hubiera gustado ver la cara de mi interlocutora cuando le dije “está hablando a una oficina y no a una casa”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s