Mes: mayo 2014

18 de julio de 2012

En los días de verano disfrutábamos de mirar a las personas que pasaban por la calle. Nos colocábamos en los escalones y sentados observábamos hasta entrada la noche. Un día pasó una joven pareja, él un caballero con modales de otros tiempos, ella atenta y cortés. Se turnaban para hablar. Él miraba hacia adelante, siempre atento al camino y a la dirección por la que andaban; ella miraba al suelo, siempre atenta a cada palabra intercalada con sus pies, se cuidaba de no pisar alguna raya ni tropezar, parecía contar los pasos que daba. Él llevaba los brazos fijos a los lados, ella se abrazaba a sí misma; era claro que estaban enamorados, tal vez recién ocurrió y ninguno sabía que compartían la misma atracción, tal vez fueron al parque y estuvieron a punto de besarse, tal vez mientras comían hubo un roce que paralizó el instante, tal vez eran tímidos y por eso contenían sus ganas de tocarse. Comenzamos a idear hipótesis, concluimos que sabían que se querían pero no deseaban adelantarse, que estaban disfrutando conocerse y pretendían extender esas ansias de tocarse lo más que se pudiera, que no querían equivocarse y echarlo a perder. Ellos ya habían desaparecido de nuestra vista dejando sólo el vestigio de su amor pero la conmovedora escena nos dejó un tono sombrío; mientras ellos avanzaban hacia finalmente tocarse, y todo lo que eso pudiera desencadenar, sentía mi corazón latiendo aceleradamente a un lado de ella, pidiendo al tiempo más días juntos para tener valor de tomar esa mano que dibuja con los dedos garabatos en un peldaño. Ahí seguíamos nosotros, estáticos sobre los escalones, sin saber cómo empezar.

Fechas de un recuerdoDenise Márquez y Ave Literaria

Copos

Contemplé el cielo 
con una sensación de plenitud. 
La vi caer de mi gracia 
como un copo de nieve: 
suave y delicado, 
hermosamente indiferente 
al mundo a su alrededor. 
Flotando con gracia, 
jugueteando con el ligero viento, 
coqueta hasta el final. 

Cayó 

con toda su exuberancia 
en un copioso valle blanco. 
Cada copo 
único y excepcional, 
cuando examinados de cerca, 
absolutamente ordinarios a simple vista, 
perdidos y confundidos entre sus similares. 

Eso fue lo que nunca entendió:
lo ordinaria que es su unicidad.

Ave Literaria

Risas idílicas

Encontrar pequeñas joyas perdidas inmersas en la ciudad es un deleite. Lugares que logran resguardarse del caos de una ciudad tan grande, y convertirse en pequeños oasis de pasividad. En donde, ignorando la “artificialidad” del efecto, el toque de la naturaleza aún se hace sentir.

Caminando perdido en ideas, llenas de recuperación y delirios de grandeza, me encuentro con un niño. Un niño riendo mientras brinca en un tombling con su… no sé, con un joven. El niño ríe y grita como si no existiera mayor placer ni mayor júbilo que saltar.

El niño ríe con desvergüenza, desfachatez ¡libre! Sin presiones, cuestionamientos ni pendientes; sin juzgar, sin inhibiciones ni condiciones. Ríe por reír, por el gusto, por la alegría. Por el viento en su cara, por el sol, por el movimiento y el vértigo que produce “volar”. Ríe con asombro, emoción y regocijo. El niño irradia frescura.

Toda risa es contagiosa. Ya sea porque incita a acompañarla o porque invita a reírse de ella. Pero no hay nada como la risa de un niño. La risa de un niño te lleva a sueños idílicos, líricos; recuerdos de tiempos “mejores”. Tiempos sencillos e inocentes, llenos de magia y fantasía, de ignorancia ocupada por alegría pura. Momentos en los que la vida se disfrutaba como un juego, sin cuestionarla.

Ese niño representa lo que he olvidado. Lo que dejé caer en el trayecto, en la larga travesía de lo que a veces aparenta ser un desierto interminable. Ese niño es un verdadero oasis. Representa la sombra y el agua necesaria para seguir cruzando la aridez de la vida.

Me encanta observar como los niños se maravillan y gozan de las cosas sencillas como el agua en una alberca. Existe una insistencia, una presión, para que dejemos al niño y nos convirtamos en adultos ¿Cuándo vas a madurar? “Es hora de crecer” nos dicen, pero ¿no sería mejor la vida si la disfrutáramos como niños? ¿En qué momento perdimos la habilidad de reír como si saltáramos y de maravillarse con una alberca? Es cierto que la vida se hace más compleja, las responsabilidades aumentan y uno no puede pasarse la vida jugando. Pero nunca debemos dejar de asombrarnos como niño. El momento en el que perdimos el gusto por las cosas sencillas de la vida, perdimos la habilidad de asombro y el desierto apareció.

Recuerdo un día en el que cayó la primera nevada del año y para el caso también la primera nevada en mi, entonces, corta vida. Mi papá estaba de viaje y no pudo ser testigo de la fascinación que generó ese polvo blanco en su “pequeño”. Como todo niño, después de ser enfundado en cuanto pedazo de tela que encontró mi mamá, salí a jugar. Corrí, grité, reí y salté. Aventamos bolas de nieve, nos deslizamos y construimos un gran muñeco. Pero la ausencia de mi papá creó un vació que sólo él podía llenar. Unos días después regresó mi papá. Nos deslizamos en la nieve con trineos improvisados, hechos de bolsas y cartón. Quedaba poca nieve, pero en mi memoria ningún día, jugando en la nieve, superó a ese.

Después de dar varias vueltas finalmente entiendo: el niño no ríe por los saltos, ríe por el simple gusto de estar con su, muy joven, padre.

Un grito desesperado

Las puertas no abren, las ventanas no exponen.
El mundo vacío. Engaños e ilusiones.
La verdad se asoma, la realidad presiona, el tiempo se agota.
Sonrisas, sueños y perversiones.
Disfraces, fachadas y alusiones.
Lo enciendes, lo apagas, caminas y lloras.
La trampa: naciste, creciste y sobreviviste.
Caíste, fingiste, sufriste y te sobrepusiste.
Lo piensas, lo niegas, lo observas, lo expones.
Lo sabes, lo entiendes, le huyes, te escondes.
Corriste, aullaste, tomaste, pecaste.
Rezaste, enterraste, lloraste, agonizaste.
Despiertas, luchas, te hieres, descansas.
Observas, desesperas, encuentras y pierdes.
Esperanza e ilusiones, un mazo.
Abajo, arriba, no aciertas, sucumbes.
Palabras, ideas, palabras ¡ya basta!
Expresas, sientes, contienes, avanzas.
Rehúyes, te escondes, milagros no hallas.
Realismo, un mundo, un sueño absurdo.
Anhelas, deseas, un muro te llama.
Arañas y gritas, el poso observa.
Un ojo, un rayo, tenue esperanza.
Sin puertas, observas, la suerte está echada.

Primer beso

Uno de los momentos más seductores entre dos personas es el espacio entre el diálogo y el beso. Aquel resquicio en el que se comunican deseo e intención. Justo cuando terminas de enviar el mensaje inconsciente e identificas el recíproco anhelo. Te encuentras ante una hermosa avalancha de sensaciones transmitidas. Gozo aplastante, apabullante e irremediablemente breve. Instante cuya eternidad sólo es equiparable con su insidioso hábito de fenecer.
Nada como tomarse su tiempo en un par de segundos. Ninguna mirada es más sincera. Es el clímax de la intimidad de rostros y miradas. No volverás a conseguir tanta profundidad observando de forma tan superficial. Sumergido en tus emociones, viviendo las interacciones. Pasión y razón entrelazadas como amantes, reprimiéndose al lascivo ritmo de la libertad.
No hablo del beso maquinal saturado por la costumbre. Ni siquiera merece llamarse beso cuando se limita al simple roce de labios.