Mes: junio 2014

No eres la persona que conocí

Sobrevalorar.- Otorgar a alguien o algo mayor valor del que realmente tiene. (Definición de la Real Academia Española)

¿Quién no ha sobrevalorado a alguien?

El arte de sobrevalorar a una persona es uno que todos parecemos tener. Sí, creo que sobrevalorar a las personas es un arte. Según su definición arte es la virtud, disposición y habilidad para hacer algo; en este caso, otorgar a alguien mayor valor del que realmente tiene.

Juzgar a las personas es de las habilidades que vamos adquiriendo con la experiencia. Algunas personas nacen con un don para juzgar, medir, evaluar a las personas y, por lo tanto, lo hacen mejor que otras. La mayoría tenemos que aprender a golpes. No es algo imposible de aprender pero tampoco es sencillo y también es peligrosamente sencillo equivocarse.

El principal problema a la hora de evaluar a las personas es el desprender toda emoción de la evaluación. Parece parte de nuestra naturaleza involucrar emociones en todo lo que hacemos, por algo decimos que es lo que nos hace “humanos”. Nuestra humanidad es considerada algo positivo y negativo dependiendo del punto de vista, la situación, los resultados y una infinidad de otros factores que pueden intervenir en el análisis. Al no poder desprendernos de nuestra humanidad, las evaluaciones de otras personas estarán impregnadas de juicios morales y emociones sin fundamento. A veces les vinculamos a las personas cualidades sin tener prueba de que en verdad poseen esas cualidades, por el simple hecho de que nos agradaron a primera vista o nos “dieron buena vibra”.

Por más que lo intento no encuentro la lógica detrás de encariñarse (o lo contrario) con una persona a la que sólo conocemos de vista. Son de las limitaciones emocionales con las que tenemos que andar y a las que tenemos que sobreponernos. Lo que sí he visto es que tendemos a otorgarles cualidades y defectos a las personas según nuestras propias expectativas. Andamos por la vida con un paquete de características que forman a una persona “ideal”, cuya existencia se limita a nuestra imaginación, esperando encontrar a esa persona a la vuelta de la esquina. Entre más jóvenes e inexpertos somos, es más fácil que soltemos esas características y las vinculemos con la primer persona “interesante” que veamos. Así suelen ser esos primeros enamoramientos, producto de la idealización de una persona olvidándonos de lo más importante: conocer a la persona, a la real no a la que existe en nuestra mente cegada por nuestra imaginación.

Pero el arte de idealizar a las personas no se limita a los noviazgos de adolescentes, lo hacemos con amistades, familiares, líderes y compañeros de trabajo. Constantemente estamos buscando esa amistad soñada o ese jefe fantástico, olvidando que sólo existen en nuestra mente. A veces cometemos el terrible error de dejar escapar a los que son increíblemente cercanos a nuestras idealizadas locuras, esperando encontrar algo “mejor”.

Me encantaría poder decir que esos errores se van dejando de cometer conforme pasan los años y adquirimos más experiencia, pero eso no pasa. Claro que adquirimos mayor experiencia y en un mundo ideal, nuestros errores se van haciendo menos frecuentes, pero lo que he visto es que nuestros errores van cambiando pero no desaparecen. Equivocarse es parte de la naturaleza humana, es la forma en la que “aprendemos”, es sencillo: no somos perfectos. Claro que vamos dejando de cometer errores de “principiantes” pero nuestras decisiones cada vez tienen mayores consecuencias, se vuelven más complicadas y costosas. Con el tiempo nos hacemos más celosos y precavidos, en algunos casos llegando a desconfiar en extremo y cerrarnos casi por completo. Empezamos a manejarnos en “zonas de confort”, terrenos probados que representan un riesgo nulo o al menos medido y dentro del presupuesto.

Pocas veces el haber sobrevalorado a una persona es culpa de esa persona. Claro que existen casos en los que nos engañan de forma deliberada, para que tengamos una imagen falsa de ellos, pero son los menos. En la mayoría de los casos en los que las personas no resultan ser lo que pensábamos es nuestra culpa. No es nada grave así andamos todos por la vida, externalizando y proyectando nuestros sueños, ilusiones, deseos, problemas, éxitos y fracasos en las personas con las que nos relacionamos y especialmente en las que vamos conociendo.

Cuando conocemos a una persona siempre debemos tener presente el contexto. Podemos conocer a una persona en un mal día y asociar a esa persona con mala vibra, malas ideas o malos sentimientos, afectando la impresión que tengamos de esa persona sin importar cómo sea en realidad. Es raro que sigamos en contacto con personas que conocemos en contextos negativos, a menos que algo suceda que cambie la mala imagen que tengamos de esa persona. Estamos más abiertos a conocer a nuevas personas cuando estamos de buenas, entonces sí esas personas resultan ser un asco, hay que culpar a nuestro alegre estado de ánimo del día en el que conocimos a esas personas 😉

Instructivo para tomarse una pastilla

Este no es un simple instructivo para personas sencillas. Este es un instructivo para los apasionados para los raros y los especiales, aquellos de los que Kerouac escribió (“Las únicas personas para mí son los que están locos, locos por vivir, locos por hablar, locos por ser salvados, deseosos de tener todo a la vez, los que jamás bostezan ni dicen cosas intrascendentes, sino que arden, arden, arden, como esas fabulosas velas romanas que explotan como arañas entre las estrellas para dejar una luz azul central, que al hacer explosión hace que todo el mundo se quede boquiabierto, exclamando ¡Ahhh!”), para ustedes que hacen de lo mundano una aventura.
Empieza con un miedo, un temor tan lógico que después de leer no se sorprendan si lo comparten o lo terminan adoptando. La muerte es el miedo más lógico e irracional que existe, es la única certeza en nuestras vidas inciertas y el único temor que junta lo aterrador de lo incierto y desconocido. Por ende tiene sentido que la ingesta de una tableta llena de químicos, no augure más confianza que la ingesta de un veneno.
El primer paso es observar. Como todo cazador debemos medir a la víctima o al rival. En este caso es un rival y necesitamos conocerlo lo más posible para encontrar sus debilidades. Para poder cumplir con este esencial paso, necesitamos procurar las pastillas. Asumiendo que ya fueron a una farmacia y disponen de una buena dotación procedemos a tomarla. Necesitamos sostenerla frente a nosotros y colocarla al nivel de nuestros ojos entre el pulgar y el índice, no importa con qué mano lo hagan. Como boxeadores hay que ver de frente y a los ojos a la pastilla, para que vea que no hay miedo, aunque la verdad sea lo contrario. El proceso interno es el de observar la pastilla hasta acumular tantos nervios que necesitemos soltarla. En ese momento debemos dejarla sobre alguna superficie limpia, digamos una mesa.
En este momento es vital que saquemos al litigante que llevamos dentro. Es importante que logremos argumentar, de forma coherente y convincente, que la pastilla podría hacer más mal que bien. Necesitamos retar a quien esté con nosotros, o a nosotros mismos, para que sean forzados a tirar cada golpe certero de razón que profiramos. De igual forma es importante que estemos acompañados por una persona racional, coherente y sensata, que pueda procurar las herramientas necesarias para sacarnos de la irracionalidad que asumimos como máxima de la vida. La pregunta clave aquí es ¿por qué debo tomarla? Cuando recibamos una respuesta que satisfaga, aunque no logre controlar los nervios, podremos proceder a la siguiente fase.
Terminada la confrontación y atendidas las dudas inicia la parte física del ritual. Uno debió haber calentado previamente para poder realizar los ejercicios necesarios sin lesiones ni secuelas contraproducentes (de las que podrían provocar la necesidad de tomar otras pastillas para atender alguna molestia). Algunos pensarán que es absurdo pero les aseguro que lo que sigue es esencial para poder engullir una pastilla. En este momento se está listo para empezar a saltar, el nivel, tamaño y duración de los saltos depende de las capacidades físicas y las necesidades personales. Lo importante aquí es saltar y quejarse de la alta probabilidad de ahogarse. Uno nunca sabe, podría tocarnos una pastilla necia de las que aspiran a ser más que pastilla y planean alojarse en alguna parte de tu garganta e inicar una familia. Si se realizó bien, una leve fatiga empezará a abrumarnos y habremos desahogado nuestras ganas de quejarnos.
Realizada la parte física podemos proceder a la fase de aceptación. Es inevitable llegar a un punto de resignación, sucede en todo en la vida, ante cualquier trago amargo llega la resignación que nos gusta maquillar como aceptación. La aceptación nos permitirá proceder al primer intento, de antemano aviso que será un intento fallido. Jamás se logrará tragar una pastilla en el primer intento, es un hecho del universo. ¿Si sabemos que no lo lograremos por qué no nos saltamos este paso? Porque aprendemos de los errores y necesitamos fallar para encontrar el camino al éxito. Es crucial que fallemos al menos una vez en todo lo que hagamos. Entonces procedan a colocar la pastilla en su boca, tomen un vaso con agua y asegúrense de que la pastilla termine en el suelo y no en su estómago.
Con la vista fija en la pastilla que dio su vida por esta riesgosa misión podemos proceder a tomar una segunda pastilla y deberemos mentalizarnos para triunfar. El proceso es muy sencillo, digo si no saben como pasarse una pastilla no sé cómo han sobrevivido tanto tiempo. Con el amargo sabor del éxito en la boca (es inevitable ese sabor amargo porque seguro dejaron la pastilla más tiempo del debido en sus bocas y saturó su paladar de amargura) asuman su pose de toreros, están listos para pavonearse haciendo derroche de estilo y serenidad.
Como toreros después de una faena, victoriosos al ver a la bestia a los ojos, sintiendo que compartieron el ruedo con la muerte y salieron victoriosos. El paso final es darse cuenta que no enfrentaron a la muerte, sólo se pasaron una de las tantas pastillas que se tragarán a lo largo de sus vidas. Felicidades.
—Ave Literaria

Cruel ilusión

Eres el piano que no aprendí a tocar.
Eres la obra que nunca quise escribir.
Eres la meta que nunca quise cruzar.
Eres la sed que no debí saciar.
Eres la condena del crimen que no cometí.
Eres la palabra de un mudo, lo que escucha un sordo y lo que mira un ciego.
Eres castillos de arena que prometen perpetuidad.
Eres cruel ilusión que nunca se hará realidad.

Vulnerable

 

Vulnerable.- Que es susceptible de recibir un daño o herida graves; que no resiste ningún ataque o agresión.

De repente me sentí vulnerable. De repente me sentí mortal. De repente sentí y fue mucho para mí…

Durante muchos años pensé que lo peor que me podía pasar era que me rompieran el corazón. Un día la soledad empezó a competir por el puesto de peor sensación, pero hoy comprendí que ninguno se compara a la vulnerabilidad.

Un día entendí de golpe lo que significa la muerte. La combinación de sensaciones y vacío que te deja es un huracán emocional. Días así son de los más complicados que uno tendrá que enfrentar hasta que entiendes tu vulnerabilidad.

La muerte es algo que enfrentamos de lado, nunca ahondamos en lo que significa y representa. La muerte es un tema que sólo tocamos de manera superficial y con temor, debemos marcar una distancia sana y segura antes de enfrentarla. La principal postura que tomamos hacia la muerte es la de la negación, la entendemos como algo distante y lejano. De manera consciente o inconsciente lo entendemos como algo que no forma parte de nuestras vidas.

La distancia que marcamos entre la muerte y nuestras vidas es un intento de “protegernos”. La negación es la forma clásica de “enfrentar” asuntos complicados, si negamos las cosas esperamos que desaparezcan. Al no reconocer la muerte como parte de nuestras vidas también intentamos mantenerlas fuera de ellas, lo cual es ridículo. Siempre que hablamos de una persona que falleció lo hacemos con reservas, nos llenamos de un respeto a veces falso o inmerecido hacia la persona fallecida y la muerte parece borrar todo defecto o rencor.

Esta cultura de asumir la muerte como algo externo en vez de reconocerla como parte de nuestras vidas, termina dañándonos. Esa es la razón de nuestro temor hacia la muerte, siempre le tememos a lo desconocido y mucho más si no lo asumimos y reconocemos como una cuestión natural y fundamental de nuestras vidas. La vida y la muerte son uno, son parte de una misma línea y de un mismo camino. La muerte no es una parte externa de la vida, es el destino, es parte fundamental de la vida.

Cuando fallamos en reconocer la muerte ocurren los terribles golpes anímicos que te dan los accidentes y las enfermedades. Al negar la muerte como parte de nuestras vidas nos sorprendemos cuando ésta entra a nuestras vidas y esos “golpes” suelen llegar de sorpresa. Nuestra cultura y forma de ver la muerte nos deja vulnerables ante nuestra mortalidad, por eso el golpe más fuerte que debemos enfrentar es sentirnos vulnerables. Tenemos una falsa imagen de inmortalidad y el día que nos borran esa ilusión el golpe anímico es severo y devastador.

Solía pensar que lo peor que me podía pasar era sentirme solo o que me rompieran el corazón, pero un día sentí dolor físico y me asusté, después sentí enfermedad y me asusté más, pero lo peor ha sido sentir dolor y enfermedad día tras día. Por muy fuerte que sea una persona el tener síntomas y malestares constantes va minando el estado anímico y llegas a entender lo vulnerable que eres. El tiempo es pesado y como la vida avanza sin esperarte, algunas veces terminas observando el tiempo y la vida pasar a través de una ventana. Observas a la gente pasar, algunas se detendrán para visitarte, otras sólo te sonreirán, pero en general las personas pasan como hojas que se lleva el viento y a uno no le queda más que observar cómo se van volando.

La vulnerabilidad te expone a todo como una enfermedad autoinmune, no hay defensas, no hay muros, no hay escudos, no hay nada entre el mundo y tú. En tu vida nunca estarás más expuesto que cuando te entiendes mortal y vulnerable, nada evitará que sientas.

Carta a la sociedad

Hola

Estaba pensando y decidí compartir contigo lo que pasaba por mi mente. Pensaba en películas, pláticas, música, pinturas, imágenes, fotos, libros, historias, diálogos, momentos… pero sobre todo en ti.

Pensaba en que quiero que aprendas a cuestionar todo, que veas más allá de la superficie y profundices en todo lo que hagas, veas, leas y escuches… en todo lo que vivas. En esta época de levantamientos, revueltas y manifestaciones es importante que analicemos las cosas con frialdad y seamos profundos. A donde vayamos, en donde nos encontremos y hacia donde volteemos encontraremos cosas que no debemos ignorar.

Pensaba en el arte, en esa forma de los artistas de tomar al mundo y expresarlo a través de sus experiencias y emociones, plasmadas de forma física en hojas, lienzos o movimientos; palabras, imágenes, dibujos, edificios o videos. Pensaba en que las cosas más grandes de este mundo, son definidas por sus detalles y los que logran capturarlos son los verdaderos artistas.

Pensaba en que leer es conocer, comprender y tolerar. Leer es codearse con la belleza. Pero el contacto con la belleza no se limita a la lectura, va más allá. Las acciones también pueden ser obras de arte, el altruismo es una belleza artística menospreciada.

Sobre todo pensaba en que estamos conectados en un viaje, compartimos la vida, sin importar las razones ni donde estés. En este recorrido, en esta vida, quiero que aprendas a cuestionar, que nunca pierdas la habilidad de sorprenderte y no ignores tu curiosidad. El mayor peligro que corremos es el de volvernos conformistas (por algo México y el mundo en general se encuentran en crisis). Jamás dejes de preguntar y cuestionar, aprende a hacerlo de forma inteligente y amable, sin ofender, sin atacar. El día que empieces a preguntarte el por qué de todas las cosas, se te abrirá otro mundo, otra dimensión y quiero que la descubras. Recuerda que los filósofos fueron los primeros artistas, artistas del conocimiento.

Encuentra la belleza en todo. Observa todo con los ojos de un artista, con curiosidad intelectual. Cuestiona e investiga, aprende. Pinta, escribe, captura tu vida todos los días. Observa las cosas como si todo lo fueras a dibujar, encuentra la poesía que llevan escondida por dentro. Nunca te conformes con lo convencional con lo que todos te dicen, busca nuevos ángulos, nuevas perspectivas, observa la vida desde todos los rincones que puedas y aprecia todo en su máximo esplendor. Así aprenderás que hay belleza en todo, que hay vida en todo y que la vida es hermosa. Nunca olvides que hasta las tragedias son bellas.

Gózalo todo y obsérvalo con los ojos de una artista.

atte. Corvus

Despedida

Llegamos temprano a la lúgubre función. Sacudidos, desvelados, sorprendidos. Una onírica situación existencial.

La despedida fue brutal. Orgánica, cruda, terrenal, real. Fue brutal porque sucedió. De no haber ocurrido hubiera sido conmovedora, íntima… ficticia. La realidad protagonizó. El ruidoso lamento enmudecía, el silencio ensordecía. Las emociones se prestaban, se compartían y se turnaban. Lamento intercalado con incredulidad llenaban el cuarto.

Todos estaban presentes, los que debían, los que podían y los que querían. Todos acompañados y todos solitarios. No existía nadie más en ese cuarto abarrotado, sólo él. Su ausencia imponía más que su presencia. No había duda, estaba ahí sin estarlo, descansando sin dormir. Su sonrisa reprimida era la única presente. Como si se aguantara un chiste tan clásico en él. Tal vez sonreía porque era el único que entendía que hay gozo en la muerte, que es parte de la vida. Tal vez sonreía porque descubrió el secreto de lo que hay después de la vida, esa respuesta que nos atormenta y él no la quiso compartir.

Anunciaron la primera llamada, observamos las palabras desfilar, llegaron y se fueron sin efecto alguno. Nadie entendía. El sinsentido continuó, lo absurdo nos embargó. Las dudas aparecían, pero la realidad nos observaba. Estaba ahí, irrefutable, innegable, avasalladora.

La tensión la cortaban las despedidas. Nuevos rostros, nuevos llantos, mismos lamentos, misma incredulidad, misma certeza. Una verdad constante, compartida, inmutable. Tristeza.

La segunda llamada a todos despertó, por un instante. El ambiente aletargado y somnoliento regresó, sólo salió a tomar aire y su presión se sintió. En su ausencia tomamos aire, disfrutamos la momentánea ligereza pero la presión regresó. Oprimiendo nuestro pecho nuestra atención reclamó y las miradas recuperó.

Halagos, caricias, besos, cumplidos y hasta piropos recibió. Siguieron los reclamos internos, los reproches y los lamentos, las culpas y las faltas. Cada uno se reprochó y se culpó. Cada uno se disculpó.

Se rezó y la tercera llamada llegó. Fría, dura, sin consideraciones. Era la tercera llamada y el tiempo se había acabado. En ese momento aleje mi atención del protagonista y lo vi. Encontré miedo e impotencia en su mirada. Suplicaban sus ojos un poco más de tiempo. Nadie lo miraba, todos se despedían y sólo yo notaba su reprimida desesperación. En eso se acercó, entendió que era el momento y se despidió. Un padre se despide de su padre. Ese momento me partió el corazón de una forma indescriptible. Sé cuánto amor sentía por él, cuánto sentía que le debía, lo agradecido que está por las oportunidades y puertas que le ayudó a abrir, los sacrificios que hizo por y para él. Sé cuánto lo amaba y lo doloroso que fue.

Jamás olvidaré esa solemne despedida, tan suya, tan reprimida, tan intensa.

La realidad nos alcanzó, nos oprimió y nos alcanzó.

Pedí perdón, me despedí y a otro teatro me dirigí. A lo lejos se escuchaba mi primera llamada…