Recuerdos

Hay mucha luz. Pienso que estoy de cabeza pero no tengo forma de saberlo. Siento que abro los ojos pero no puedo ver. El mundo se pintó de blanco y no deja de brillar. Veo un objeto, lo distingo, lo reconozco pero no lo puedo nombrar. Es algo, pienso dentro de toda mi confusión, es algo. Hay una ventana, parece un triángulo pero tiene cara de ventana. Necesito salir, algo malo ocurrió. ¿Cómo salgo de este predicamento? ¿Cómo le hago para no estar de cabeza? Necesito salir. Hay una ventana, necesito ver si no hay cristales, la tengo que abrir. ¡Necesito salir! Hay pavimento del otro lado de la ventana, me puedo arrastrar. Es una calle. Tengo que salir de la calle por si viene otro carro y no nos ve aquí tirados. Tengo que salir.

Juguemos a recordar. Creo recordarlo todo pero los detalles se me escapan como arena entre las manos. Como la marea golpeando la tierra. Mi mente es un cañón víctima de la erosión.

Había demasiada luz. Recuerdo la luz. Estaba preparado para todo menos para despertar. No estaba listo para lidiar con tanta luz.

Recuerdo el tipo y el color del carro. Recuerdo que íbamos en un camión. Recuerdo que esperaba que nos dejara más adentro pero nos dejó en los arcos de la entrada. Recuerdo la forma asustada en la que soltó el volante para cubrir su rostro con sus brazos. Recuerdo saber que estábamos perdidos desde antes.

A veces creo recordar el chillido de las llantas al patinarse, cuando manejo estoy seguro de que lo recuerdo. La primera vez que lo escuché mientras conducía casi suelto el volante como ella lo hizo ese día.

Creo que sentí miedo. No estoy seguro. Es difícil que olvide el miedo pero no recuerdo si lo sentí ese día. Pienso que sí puesto que no es cualquier cosa saber que el conductor perdió el control a una velocidad, que no recuerdo pero que por alguna razón tengo la certeza de que era alta. Me dijo la mamá de uno de mis compañeros que cuando llegó al lugar del accidente le dije que íbamos “en chinga”. No tengo razón para dudar de su palabra pero esa expresión la desconozco, no es mía. Hay situaciones extraordinarias que ameritan el uso de frases que no acostumbras, tal vez eso fue lo que ocurrió.

Recuerdo la mañana, ocho años después, en la que mi hermana me despertó de forma atípica a las cuatro o cinco de la mañana.: ¡Dany… Despierta… Mi abuelito murió… Vamos a ir al hospital! No escuché la llamada de mi hermana a mis papás para avisarles de mi accidente, pero he pensado en ella muchas veces e imagino que fue similar a como me lo dijo esa mañana.

No me podía comunicar con mis papás, no había buena señal. La llamada que salió fue a mi hermana, ese día tampoco pude localizar a la tía con la que estaban mis papás. No recuerdo mis palabras exactas pero le dije: Tuve un accidente, estuvo un poco feo pero estoy bien. No me puedo comunicar con mis papás, estoy en Condado avísales por favor. Estoy bien.

Buscábamos un taxi. Estábamos a unos días de terminar un semestre más, teníamos un trabajo final y varios exámenes por delante. Era un trabajo para la materia Lenguaje y Redacción II, íbamos a grabar un programa de radio. Ese día yo no iba a estar en el camión con ellos y mucho menos en el carro. Tenía quien me llevara a casa de mi amigo Luis pero yo casi nunca me iba en los camiones de la escuela y quería viajar con ellos. Le pedí a José Luis que me llevara a la escuela. Los recuerdo en el camión. Luis, Octavio y Rafa.

Octavio y Luis eran mis mejores amigos. El primer de día clases en una escuela nueva siempre es complicado. Había quienes se conocían de la secundaria y estábamos unos cuantos que no conocíamos a nadie. También estaba el gran grupo que venía del Ovalle, tal vez antes no todos eran amigos pero ahí hicieron un grupo en el centro de cada clase. Yo me sentaba en una esquina, adelante a la derecha. En un cambio de clases vi a Octavio y a Luis platicando y me impresionaron, en ese momento quise ser su amigo. Octavio se veía desenvuelto, sin importarle lo que pensaban los demás de él, confiado, seguro y chistoso. Luis se veía un poco más retraído, pero reía de una forma contagiosa y agradable, tenía una postura de alguien que tiene ideas traviesas y usaba lentes que lo hacían ver inteligente. La combinación me atrajo y actué contra mi naturaleza al llegar, presentarme y no despegarme de ellos. Quería ser su amigo y lo fui.

La vimos en el camión, sólo uno de mis amigos la conocía los demás la ubicábamos de vista. Aunque estábamos en una escuela grande los rostros de la mayoría se te quedaban. Cuando llegamos al sitio de taxis vimos al último irse, nos dijeron que teníamos que esperar y en eso pasó ella. No recuerdo su nombre, tampoco recuerdo su rostro. Creo  que tiene cabello negro. Mi amigo se acababa de mudar y todavía no se aprendía cómo llegar a su casa, ese residencial es un laberinto. Se detuvo en un Pointer azul y ofreció llevarnos. Creo que no querían, Luis decía que no sabía llegar a su casa y ella no conocía la calle. Había ido unos días antes a la case de Luis y recordaba el camino, ese fue mi error. Les dije a todos que sabía cómo llegar y les insistí que nos fuéramos con ella. Creo que nadie quería y yo insistí. Unos meses después no podía verlos a los ojos, aún no puedo, me siento culpable.

Recuerdo a Luis sangrando en el piso. Se veía asustado y confundido. No hablaba pero gemía de dolor. Movía las manos intentando asir algo, tal vez buscaba encontrarle sentido a la situación, tal vez buscaba agarrar un poco de alivio. Me recosté a su lado e intenté hablarle para calmarlo. No sé si me escuchó pero cuando le dije que no intentara levantarse y que estaría bien se tranquilizó un poco. Me gusta pensar que tuve que ver con eso.

Recuerdo a Octavio, fue el que terminó más alejado del carro. No se movía, quise acercarme pero yacía en el suelo inerte y no pude acercarme más. ‘Está muerto’ pensé. Estaba lejos del carro, era evidente que había salido disparado, y no se movía, los demás se movían y no me podía acercar a él. Me quedé congelado viéndolo a un par de pasos de distancia y me di la vuelta. Sé que no hubiera podido hacer nada por él pero nunca me perdoné darle la espalda. Uno debe estar con los amigos en todo momento, especialmente en los complicados y yo le di la espalda a mi amigo, lo di por muerto y me fui. Lo abandoné. Después me dirían que lo más probable era que Rafa y yo, que estábamos sentados atrás con él, lo terminamos sacando del carro mientras giraba con nosotros adentro, recuerdo que alguien me dijo que lo habíamos empujado a través de una ventana y que el carro le había pasado encima. Octavio estuvo un mes en coma, creo que fue un mes, no recuerdo bien. Recuerdo la actitud positiva de su mamá a pesar de que le habían dicho que no sobreviviría. Ella tenía fe, yo me sentía fatal, había perdido la mía. Varios años después Octavio me reclamaría que lo abandonamos y lo cambiamos por su hermano gemelo, no pude decirle que no podía estar con él porque no podía verlo sin sentirme culpable. Lo volví a abandonar. No podía ver a Octavio sin recordar ese momento en la calle en el que él estaba en el suelo y yo lo dejaba, no podía ver a Luis sin pensar en él sangrando en el suelo a mi lado, no podía verlos sin pensar en que yo los subí a ese carro y me alejé de ellos.

No sé cuántos meses después un maestro nos muestra un video de personas que han sobrevivido accidentes automovilísticos. Recuerdo los respiradores y las sillas de ruedas, no recuerdo mucho más. Octavio y Luis todavía estaban en el hospital. Yo traía un collarín y me sentía mal. No aguanté el video y salí del salón. Me desmoroné en el pasillo apenas librando la puerta del salón. No sabía si correr o gritar y me dediqué a llorar desesperado. De ese salón salieron tres personas detrás de mí para abrazarme. Esas tres personas se quedarían a mi lado por muchos años. En los meses que siguieron perdí a muchas amistades. Me encerré y me volví una persona triste, confundida y enojada. No cualquiera aguanta eso y por eso atesoro a esas tres personas que soportaron momentos difíciles conmigo.

Aún hoy suelo escuchar un grito. Ese día hubo muchos gritos. La chica que conducía gritaba cuando salimos Rafa y yo del carro. Estaba cerca del carro y sangraba un poco de la frente. Gritaba histérica y lloraba. Rafa era el más cercano yo me dirigí a la banqueta. No podía respirar. Cuando salí del carro y me incorporé sentí que un elefante me había pisado el pecho. Dentro del carro me sentía entero, una vez de pie todo me dolía. Me faltaba el aire y no lograba inhalar suficiente para remediarlo. Vivir puede llegar a ser doloroso pero nunca antes había sido tan gráfico y literal como en ese momento, cada que respiraba era una batalla. No tuve mucho tiempo para enfocarme en lo que me dolía. Una vez en la banqueta giré la cabeza y vi la escena completa. Frente a mí tenía el carro de cabeza. Cerca del carro estaba la chava gritando. Un poco más arriba, pero cerca de donde me encontraba, estaba Luis en el piso moviéndose como un pez fuera del agua haciendo sus últimos esfuerzos por respirar o regresar al agua. A varias metros de distancia estaba Octavio. El segundo grito que escuché fue de una señora que vio el accidente y subía corriendo hacia nosotros, nos dijo que era doctora y que ya le había hablado a una ambulancia. De arriba bajaba un señor que nos dijo que era paramédico. Alguno de ellos me dijo que me acostara y no me moviera. Me acosté junto a Luis. El grito que no olvido, el que me ha acompañado por años, fue el de la mamá de Luis. Llegó al lugar del accidente y gritó como grita una madre asustada, horrorizada, incrédula, llena de dolor y de un no sé qué que me eriza la piel y encoge el corazón. Su segundo grito fue una pregunta “¡Christian! ¿Qué pasó?” No le pude responder. ¿Qué se dice? Empecé a llorar porque después de eso vio a Luis, aunque tal vez ya lo había visto, no recuerdo bien. Ese grito me ha despertado muchas noches.

Una vez dejé a una novia porque no entendía lo que yo sufría. No me podía ayudar de la forma que yo esperaba y terminé nuestra relación. He sido injusto con las personas, lo sé, ha sido por mis circunstancias, no es excusa mi vida es lo que es y he vivido las consecuencias de la mayoría de mis acciones. Quería a esa persona pero no era lo que necesitaba. Espero de todos cosas que muchas veces no pueden cumplir, es como una forma de asegurarme de que fracase nuestra relación. Nadie es para siempre. Quería que me curara, que me ayudara, que me librara de toda la culpa y la confusión. Después de ella dejé de esperar eso de las personas. No me gusta que las personas quieran llegar a salvarme. No me gusta que me digan que no es mi culpa. No me gusta que me quieran ayudar cuando no he pedido su ayuda. No me gusta que me vean como a una persona dañada, aunque lo estoy, me esfuerzo mucho por mantener cierta imagen y cohesión como para que insistan en ver lo que hay debajo del cofre.

No sé cuánto tiempo pasó pero se sintieron como horas. Me dediqué a responder preguntas. ¿Cómo te llamas? ¿Cómo se llaman tus amigos? ¿Cuántos años tienes? ¿Cuántos años tienen ellos? ¿En dónde vives? ¿Qué ocurrió? ¿Quién iba manejando? ¿Adónde iban? ¿Cómo se llaman sus papás? ¿Tienes sus números? Las mismas preguntas una y otra vez. Se acercaba una persona con una libreta, repetía las preguntas, anotaba mis respuestas, se iba y llegaba una persona nueva. Pude hablar con mi papá, le dije que el accidente había estado fuerte, y le pedí que llegaran rápido. Los detalles son un poco confusos. Después hablé con mi mamá y procuré mantener tranquila mi voz, después me diría que se notaba en mi voz que algo no estaba bien, le dije que habían llegado las ambulancias, que se apuraran por favor, no me quería ir solo. Llegaron justo cuando me tenían inmovilizado y amarrado a una camilla listo para llevarme al hospital. Es difícil ver a tus papás en momentos como ese, te tranquiliza saber que están ahí y al mismo tiempo te desgarra verlos preocupados. No quieres ser una fuente de angustia pero desde que naces viven preocupados por ti. En ese momento, cuando vi el rostro de mi mamá, decidí que pasara lo que pasara haría todo lo posible por disminuir su preocupación. Decidí que tenía que ser fuerte por ellos y por mí.

Tengo un primo que en esa época era paramédico de la zona en la que ocurrió mi accidente. Ese día, a esa hora, no estaba en servicio. Los paramédicos que llegaron al lugar del accidente eran sus compañeros. En la ambulancia el que me estaba revisando me preguntó varias veces si nos conocíamos, mi rostro le era familiar. Dos días después ese paramédico le preguntaría a mi primo si un familiar suyo se había accidentado. Mi rostro le era familiar porque conocía a mi primo. No sé cuántos años después mi papá estaría hablando con una compañera del trabajo y saldría a la plática que una vecina suya, una doctora, había visto a unos jóvenes tener un accidente en la entrada de Condado y se había detenido para auxiliarlos. El mundo es muy pequeño.

El accidente fue el 4 de diciembre de 2003. Mi primera cirugía fue el 11 de agosto de 2004. La segunda sería hasta el 22 de febrero de 2012. La tercera no sé cuándo será. Para llegar a eso tuvo lugar un largo peregrinar. En el hospital me revisaron la espalda, me pusieron un collarín y me inyectaron un analgésico. Me dieron de alta ese mismo día. Fueron varios meses de martirio en los que los doctores, pagados por el seguro del automóvil, me regañaron por hacerme la víctima ya que yo no tenía nada. Después de ese regaño decidimos probar y me fui a nadar con mi papá. Casi me desmayo, estaba blanco y decidimos que buscaríamos otras opiniones porque claramente no íbamos a sacar nada bueno de esos doctores que tenían la consigna de gastar lo menos posible. Un doctor se dio cuenta de que me había fracturado unas costillas y que tenía desgarrado el músculo pectoral, por eso no podía respirar bien. El sexto doctor que vimos se dio cuenta de que algo no estaba bien en mi cuello. A ese doctor lo apodamos el carnicero, quería introducir una barra del largo de mi columna y unos ganchos para que funcionaran como una nueva columna, era una cirugía monstruosa que limitaría demasiado mi movilidad y mi vida. Creo que fue el octavo el que nos dio confianza. Tenía una fractura de compresión en una vértebra torácica, había pasado mucho tiempo y sanó mal, no se podía hacer nada, esa lesión me dolería toda la vida. En el cuello había daños a mis discos intercervicales y me mandó a terapia de rehabilitación. Llegó el día en el que tuve que decidir entre más terapia o cirugía. El doctor recomendaba continuar con la rehabilitación, mis papás también querían eso pero yo ya no aguantaba. Me la vivía de malas, no podía hacer nada, llevaba meses usando el incómodo collarín duro. Escogí la cirugía con todo y los riesgos, los comprendía pero era mejor enfrentarlos que continuar así.

De la primera cirugía recuerdo poco. El anestesiólogo me preguntó si estaba nervioso. Mi mamá me visitó en el preoperatorio y después me pidieron contar del diez al uno, llegué al ocho o al siete. Recuerdo el miedo que sentí en la segunda cirugía. Fue diferente a la primera, en la primera no tenía idea de nada. En la primera el dolor era tanto que la vida llegaba a mí silenciada, como atrapada detrás de una pared, sonando a través del piso como el Corazón Delator de Poe. Para la segunda también hubo todo un recorrido y algunos obstáculos pero lo arreglamos todo y estaba agendada un 22 de febrero. El 21 me despertó mi hermana y un rato después estábamos en urgencias del hospital de Pemex en Azcapotzalco. Era irreal. Mi tío estaba desencajado y mi abuelito estaba ahí, tranquilo, inerte, me recordó a Octavio en la calle. Lo que no olvido de ese día es a mi papá. Mi papá que tanto lo quería.

Recuerdo cuando tenía el cerebro inflamado y no podía caminar ni articular palabras con facilidad. Todo era lento, no difícil sólo lento. Tuve que ir con un foniatra a que me enseñara a hablar sin perder la voz. “Ma, ma, ma, me, me, me…” Un amigo quiso enseñarme a ser más sociable. Lo intentó pero el convivir con personas es un arte que debe practicarse, hay a quienes se les da con facilidad y estamos los que sufrimos el socializar. Los abrazos me incomodan si no le tengo mucha confianza a esa persona, con todo y confianza el cariño me sabe raro. No sé si todo sea consecuencia de lo mismo pero siento que si las sigo hasta su origen llegaría al mismo lugar.

La segunda cirugía tuvo un halo de muerte desde que empecé a sentir que sería necesaria. Uno conoce su cuerpo y en mi caso sé cuándo son cosas sencillas que no requieren de mucha atención o cuándo es necesario ir al hospital. Empecé a tener los primeros síntomas de dolor, que se distinguían del dolor que me acompaña todos los días, y entré en negación. Cuando vives con dolor crónico aprendes a bloquearlo, es como el gis que acompaña al sonido de un vinyl, se vuelve parte de la mezcla y lo aceptas como un elemento positivo. El dolor tiene utilidad y no siempre es un detrimento. Había aprendido a vivir con mis molestias y me decía que el que doliera significa que mi cuerpo grita ¡vives! Los malos días son porque algo provocó que las molestias subieran uno o varios niveles, y si no ubicas la causa te preocupas. Empiezas con dolor fuera de lo normal, luego tienes temblores esporádicos en tus extremidades, después hay rigidez y un día todo eso no es intermitente, es constante y no lo puedes ignorar. Un día no pude espejear bien y decidí que no debía seguir manejando. Sabía lo que vendría por eso no quería ir al doctor aunque mi mamá insistía. Algo no estaba bien, no iba a ser como la primera vez.

De todo esto me quedaron muchos temores. Conciliar el sueño me provoca ansiedad, manejar me asusta y viajar en un carro como pasajero me altera más. Manejo porque es necesario, es una forma de enfrentar mis miedos; estar al volante es un tipo de rebeldía que me devuelve un poco de control. Me gusta volar aunque sienta pavor al despegar y aterrizar. Disfruto mis sueños aunque muchas veces sean pesadillas.

Velamos a mi abuelito y decidí que no cancelar la cirugía, no quería esperar un segundo más. Me tocó manejar al hospital al día siguiente, no fue lo ideal pero las circunstancias lo exigían. Mi mamá y una tía me ingresaron temprano mientras mi papá y mi hermana iban a la cremación de mi abuelito. Se acercaba la hora de la operación y ellos no llegaban, me preocupaba entrar al quirófano sin verlos porque no lograba sacarme de la cabeza la idea de que podría ser la última vez que los vería y no quería irme sin “despedirme”. Por supuesto que no les dije eso, llegaron justo cuando me llevaban al pre-operatorio. Que hubieran tenido que correr de la cremación al hospital no era lo ideal pero así fueron las cosas.

El postoperatorio fue confuso, desperté aturdido y escuchaba que me decían que me tranquilizara, escuchaba que tenían que subir mi temperatura. Había mucho movimiento,veía manchas en vez de personas y todos se escuchaban lejanos, vi a mi abuelo junto a mi cama observando la escena, me concentré en él y todo se puso negro. Nos diste un susto, me diría una mujer cuando lograron estabilizarme. Sentía que un trailer me había arroyado y tuve espasmos en la noche. Mi hermana lloraba. Nos diste un susto, me diría el doctor al día siguiente. No fue una recuperación sencilla y todavía me tiene intranquilo esa escena después de la cirugía. ¿Qué hacía ahí? ¿Qué fue lo que vi? Mis recuerdos están llenos de fantasmas, de lo que fue, lo que pudo haber sido y la culpa de la que no me puedo librar.

He cometido muchos errores y me he perdonado muchas veces pero es diferente cuando tus decisiones afectan de forma tan dramática la vida de otras personas, esa culpa es única. Tomar decisiones no ha sido sencillo desde ese día. Nadie te enseña a decidir así como no se te enseña a fracasar. Ese día, cuando soltó el volante, me preparé para morir. Vi el muro de contención y lo hice, el carro empezó a girar y me despedí. Creo firmemente que mi vida tiene un antes y un después. Estoy convencido de que dos personas han compartido una misma vida. Está la persona que era antes de 2003 y está la persona que ha vivido esta vida después de ese año. Sentía que había llegado a una vida que ya estaba empezada y que las personas esperaban que me comportara de la misma forma. He reconstruido muchos recuerdos de una infancia que no recordaba, pero me sé una persona diferente. Me sentía como un extraño en mi propia vida, todo me era ajeno. No pertenecía.

—¿Están bien? —Pregunta una voz a la distancia.

Hay mucha luz. Creo que estoy de cabeza pero no lo puedo comprobar.

—Sí —le respondo a la voz —. Hay que salir de aquí.

Recuerdo que estoy dañado y que aún no logro salir. La luz es excesiva y no estoy preparado para lidiar con ella. No sé cómo salir.

2 comments

  1. Me dejaste sin palabras… Suelo leer tus escritos en fb pero esto me dejó definitivamente con una sensación que no puedo describir. Lo unico que puedo decirte es que eres esa esperanza que necesito para poder seguir creyendo que aún hay hombres. Lo que necesita el mundo son más jóvenes como tú..
    El leerte es algo increíble.
    Diana Reyes Narvaez.

  2. Un rejato en verdad angustiante y creo recordar tu segunda operación y me parece dajaste unos detalles sin mencionar.
    Por lo demas, ordenaré mis otros conentarios.
    Eres Grande.
    Abrazo

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