Despedida

Llegamos temprano a la lúgubre función. Sacudidos, desvelados, sorprendidos. Una onírica situación existencial.

La despedida fue brutal. Orgánica, cruda, terrenal, real. Fue brutal porque sucedió. De no haber ocurrido hubiera sido conmovedora, íntima… ficticia. La realidad protagonizó. El ruidoso lamento enmudecía, el silencio ensordecía. Las emociones se prestaban, se compartían y se turnaban. Lamento intercalado con incredulidad llenaban el cuarto.

Todos estaban presentes, los que debían, los que podían y los que querían. Todos acompañados y todos solitarios. No existía nadie más en ese cuarto abarrotado, sólo él. Su ausencia imponía más que su presencia. No había duda, estaba ahí sin estarlo, descansando sin dormir. Su sonrisa reprimida era la única presente. Como si se aguantara un chiste tan clásico en él. Tal vez sonreía porque era el único que entendía que hay gozo en la muerte, que es parte de la vida. Tal vez sonreía porque descubrió el secreto de lo que hay después de la vida, esa respuesta que nos atormenta y él no la quiso compartir.

Anunciaron la primera llamada, observamos las palabras desfilar, llegaron y se fueron sin efecto alguno. Nadie entendía. El sinsentido continuó, lo absurdo nos embargó. Las dudas aparecían, pero la realidad nos observaba. Estaba ahí, irrefutable, innegable, avasalladora.

La tensión la cortaban las despedidas. Nuevos rostros, nuevos llantos, mismos lamentos, misma incredulidad, misma certeza. Una verdad constante, compartida, inmutable. Tristeza.

La segunda llamada a todos despertó, por un instante. El ambiente aletargado y somnoliento regresó, sólo salió a tomar aire y su presión se sintió. En su ausencia tomamos aire, disfrutamos la momentánea ligereza pero la presión regresó. Oprimiendo nuestro pecho nuestra atención reclamó y las miradas recuperó.

Halagos, caricias, besos, cumplidos y hasta piropos recibió. Siguieron los reclamos internos, los reproches y los lamentos, las culpas y las faltas. Cada uno se reprochó y se culpó. Cada uno se disculpó.

Se rezó y la tercera llamada llegó. Fría, dura, sin consideraciones. Era la tercera llamada y el tiempo se había acabado. En ese momento aleje mi atención del protagonista y lo vi. Encontré miedo e impotencia en su mirada. Suplicaban sus ojos un poco más de tiempo. Nadie lo miraba, todos se despedían y sólo yo notaba su reprimida desesperación. En eso se acercó, entendió que era el momento y se despidió. Un padre se despide de su padre. Ese momento me partió el corazón de una forma indescriptible. Sé cuánto amor sentía por él, cuánto sentía que le debía, lo agradecido que está por las oportunidades y puertas que le ayudó a abrir, los sacrificios que hizo por y para él. Sé cuánto lo amaba y lo doloroso que fue.

Jamás olvidaré esa solemne despedida, tan suya, tan reprimida, tan intensa.

La realidad nos alcanzó, nos oprimió y nos alcanzó.

Pedí perdón, me despedí y a otro teatro me dirigí. A lo lejos se escuchaba mi primera llamada…

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