Mes: agosto 2014

El poder de la palabra

El poder de la palabra. Dicen por ahí que la pluma puede hacer más daño que la espada. Tal vez en el pasado la pluma era más eficaz. En una era digital como la actual podemos prescindir de la pluma; cualquiera con acceso a un teclado puede plasmar ideas y publicarlas con unos ‘clicks’. Es tan sencillo que hasta yo lo hago.
A veces no hay nada más esperanzador que una hoja en blanco. El espacio vacío es una invitación para crear. Pocas veces se puede disfrutar de un instante tan mágico como el de antes de empezar a escribir. Cualquier cosa puede pasar, en ese instante, no hay límites, no hay reglas, sólo hay espacio, opciones y posibilidades infinitas. Ese tipo de efecto es uno que intento encontrar cada que el ‘destino’ me lo permita. El alba lo reproduce a cierto grado. La luz del día y la oscuridad de la noche comparten un mismo plano, de forma cordial sin imponerse, permitiendo que la magia entre al mundo. Es en esos momentos en los que te das cuenta que cualquier cosa puede pasar, nada está escrito aún y el día es tuyo para llenarlo con tus acciones y tus decisiones.
El mundo es un lugar complejo, a veces pesado otras maravilloso. Todo evento es una combinación de procesos, de decisiones, de interacciones, un conjunto de conexiones, de posibilidades, de coincidencias. Disfrutamos representar esos momentos en ficciones, en representaciones de la realidad, en cuyas historias exacerbamos cada detalle poético de la vida que podemos encontrar y resaltar.
No hay mayor poesía en el mundo que el amor. Esa locura incomprendida que se siente y no se piensa. Que se piensa con algo más que la razón. Lleno de fugaces e intensos momentos y solemnes constantes. El amor es un compromiso, una entrega, un intercambio en el que no debemos perdernos. Es tan irracional que sentimos que no hay mayor lógica razonable en el mundo. Así como una hoja en blanco o un alba, las posibilidades son infinitas. Siempre esperamos lo mejor de cada oportunidad y ahí está nuestro gran error.
Debemos olvidar las etiquetas: mejor, peor, malo o bueno. Cada evento es un suceso único y depende de nosotros si lo aprovechamos o lo desperdiciamos. Las etiquetas sólo sirven como un escudo para enfrentar la vida. Juzgar o calificar a las personas y los eventos sólo nos sirve si los utilizamos como herramientas de aprendizaje. Uno nunca debe juzgar a la ligera, dado que no conocemos lo que traen adentro las personas, lo que han vivido ni lo que han superado o padecido.
La vida es una hoja en blanco esperando ser llenada. Ninguna pluma tiene mayor fuerza, para contar nuestra historia, que la que tenemos en nuestra manos. La pregunta que debemos hacernos todos los días es: ¿qué quiero escribir hoy?
Remember you’re the hero of your story.

 

Ave en mi corazón

Hay un ave en mi corazón,
 
que quiere salir,
 
pero temo por su fragilidad.
 
Tengo un ave en el corazón,
 
que quiere volar,
 
pero temo por su inestabilidad.
 
Hay un ave en mi corazón,
 
que quiere cantar,
 
pero temo que al escucharla
 
me la quieran robar.
 
Tengo un ave en el corazón,
 
que parece desfallecer,
 
pero le digo
 
que nunca la quiero perder.
 
-Ave Literaria

Expectativas

Siempre esperamos cosas de la vida y de las personas. Tener expectativas de todo es parte de nuestra errante naturaleza humana. Las expectativas nacen de nuestros deseos, alimentados por nuestra particular visión de la realidad. Nuestras expectativas son proyecciones de lo que haríamos, esperando que el resto de las personas actuaran como nosotros y que sus personalidades se moldearan a nuestras necesidades e ilusiones. No pensamos en la naturaleza de la persona (o personas) en cuestión, no consideramos lo posible ni lo probable, sólo pensamos en lo deseable.

A veces no concebimos que una persona pueda esperar ciertas cosas de nosotros. Ciertos gestos, detalles, palabras, actitudes, posturas, etc. No entendemos cómo pueden esperar cosas que no van con nuestro estilo, con nuestro criterio, con nuestro modus operandi. Es nuestra falta de empatía la que nos hace olvidarnos de esto cuando estamos alimentando nuestras expectativas sobre los demás.

Las personas no nos decepcionan, las expectativas irreales que tenemos sobre ellos son la causa de nuestra decepción. Con esto no quiero justificar el comportamiento, que puede dejar mucho que desear, de las personas. La mayoría de los fracasos en las relaciones se atribuyen a la falta de compenetración, posiblemente a una mala comunicación pero nadie a se detiene a pensar en lo poco observadores que somos. Siendo honestos somos seres ensimismados, que sufrimos de una visión de túnel que nos impide observarnos y juzgarnos como lo hacemos con los demás. Nuestra forma de ver y absorber al mundo está permeada por las ideas que tenemos. Lo que quiero decir es que la mayoría de las veces vemos a las personas como las queremos ver y no como son en realidad.

Nos podríamos evitar la clásica “no era la persona que creía que era” o “no eres la persona de la que me enamoré” si nos esforzáramos en VER a la persona que tenemos frente a nosotros, en CONOCERLA y dejáramos de idealizar y crear imágenes que sólo existen en nuestra mente. Nadie es perfecto y por más que lo intentemos jamás lo conseguiremos. Si partimos de la imperfección implícita de todos, nos tomamos el tiempo de observar y conocer bien a las personas, con el tiempo no nos llevaremos sorpresas desagradables. En lugar de tener expectativas imposibles de cumplir, tendremos expectativas realistas basadas en el verdadero potencial de cada individuo.

No podemos reprocharle a alguien por no ser la persona que esperábamos que fuera o la persona que deseábamos que fuera, pero sí podemos reclamar cuando dejan de ser la persona que son, cuando dejan de esforzarse por alcanzar su potencial. Las expectativas no son malas, sólo debemos hacerlas pensando en los otros en vez de pensando en nosotros.

Estrella fugaz

Nunca olvidaré aquel sentimiento cálido y pleno de mi corazón ante la vivaz viola bailarina, que inundaba mi alma con torrentes de melodías, suave lirio con la gracia de un cisne convertía en un paraíso el mundo que me rodeaba. Esa danzante con ardiente mirada y fuego en el cabello ha llegado a ser para mí un insoportable verdugo, un espíritu que me atormenta y que me persigue por todas partes.
Yo estaba como un Dios en un mar de riquezas visuales, tan presentes, que parecían tangibles, casi corporales, improbable concebirlo en este inmenso universo. Sus formas sublimes parecían moverse aún en reposo, animando toda mi creación en el fondo de mi alma. Fluía como el viento al andar y detenido continuaba el deleite con su aura dominando el lugar con una niebla hipnótica que parecía cegar.
¡Ay!, cuántas veces deseaba, brotar alas como garza para trasladarme a las costas de ese inmenso mar, beber en la espumosa copa de su infinito néctar carnal, esas dulces delicias rebosantes de sus claveles carmesí.
Tantas noches recorriendo sentimientos inefables, embrujado por el canto de una sirena que no sabía cantar. Sentía el ardor en mi pecho avanzar, como un tigre sigiloso acechando su presa, mi pobre corazón desafortunado, incauto, indefenso. Vivo impulsado por un deseo, como parvada en pleno vuelo, sentir aunque sólo sea por un momento, en el espacio estrecho de mi seno, la luz ensombrecida por un eclipse solar, interponerme entre el astro y su intención. No es un lamento, no es una queja, es el canto del colibrí que nunca deja de aletear, buscando el dulce néctar, la gota de felicidad del ser que todo enerva en mí; llenarme de calor y el confort de levantar un velo delante de mi alma.
Basta con conocer lo que es bello y atreverse a expresarlo. Uno no puede decir más en menos palabras.
-Ave Literaria

Unicidad

Una de mis últimas “obsesiones” es el libro ‘El arte de amar’ de Erich Fromm. En él dice Fromm que nos encontramos en una constante misión de liberarnos de la separación/soledad. Pero, a veces todo lo que queremos es esa dotación de soledad y silencio para reencontrarnos.
Es tan fácil perdernos en las multitudes, las masas contagiosas; inspiradoras de rebeldía, irracionalismo, conformidad y locuras temporales. Las masas y los eventos nos absorben con demasiada facilidad. Fuimos diseñados para embonar, para encajar y al mismo tiempo “pelear” por nuestra individualidad. Parece ser parte de nuestro diseño la urgencia para exigir nuestro lugar, reconocimiento y nuestra identidad.
Creamos las comparaciones para distinguirnos al emparejarnos. Disfrutamos de encontrar nuestras similitudes para enfatizar las diferencias. Cuando resaltamos nuestras coincidencias sólo estamos queriendo remarcar lo diferente que somos de esa persona.
Una persona radicalmente diferente nos intriga, una persona demasiado parecida nos molesta, nos irrita, atenta contra nuestra “unicidad”, nuestra originalidad y repudiamos en esa persona todo lo que nos recuerda a nosotros, todo lo que nos resulta amenazante.
Podemos estar con personas muy similares a nosotros mientras sean suficientemente diferentes. Las diferencias, en puntos cruciales, son casi imperceptibles. Como el porcentaje de diferencia arbitrariamente escogido como lo aceptable para no infringir derechos de propiedad intelectual.
Quiero que mi pareja sea parecida a mí, pero no demasiado. Que mis amigos no amenacen mi “unicidad”. Que nadie en mis círculos cercanos tenga oportunidad de desplazarme, de ocupar el rol que tengo, me haga más común y ordinario de lo que ya soy. Quiero ser único en este mundo diseñado para el conformismo.

Carta a un desconocido

Querido desconocido:
Cometí un error. Esta mañana está llena de arrepentimiento, lo vi en todos los que se dirigían a sus trabajos cuando caminaba de vuelta a mi casa. No sé si el mundo decidió juzgarme o soy yo proyectando mi interior, pero eso a usted no le incumbe, le escribo para disculparme. Ayer me encontraba cansada de luchar contra mis propios instintos, me dejé envolver entre sus sábanas, vestida con mi piel, armada sólo de uñas y dientes. Lo vi tan entero, tan seguro, tan confiado que lo quise para mí. Lamento haber cambiado su rostro, que mi cabeza estuviera en otro lado. Es extraño estar presionado bajo el cuerpo de alguien y estar, al mismo tiempo, a kilómetros en los brazos de un hombre con mirada profunda y manos más grandes.
Usted también me miraba a los ojos y me hubiera gustado preguntarle si me veía a mí, o si también imagina a otra; aquella que adorna sus fotos colgadas de sus paredes, que ha leído los libros en sus muebles, cuyo perfume mantiene una leve presencia en esa habitación. Lamento si no pude llenar el vacío que ella dejó como usted no pudo llenar el mío, a pesar de tanto intentarlo, no me lo tome a mal la noche fue una delicia pero el placer no flanquea los abismos. Me consuela saber que logré mantener ocupadas sus manos, sus manos inquietas que no soportaban el frío. Debo agradecerle que le haya devuelto un poco de vida a mis labios resquebrajados.
Lamento convertirme en una más de su lista de eufemismos, me pregunto cuál será el mío; porque para mí usted será el de la cita de catorce horas que se toma el tequila derecho sin sal ni limones. El hombre al que le negué un beso de despedida. El que debilitó mis piernas con una sonrisa de seductor experimentado. Aquel que tira las barreras con una mirada, que construye intimidad en un par de oraciones. Usted, el que hizo que lo olvidara hasta llevarme a la cama, que olvidara a aquel que se aferró a mi sangre, esa misma que anoche hervimos con impudicia.
Lamento haber desordenado su mesa, no sé qué me poseyó, parecía algo lógico tirar al suelo todos los objetos que la adornaban. Estoy apenada por el vino que derramé sobre sus sábanas, no recuerdo en dónde leí eso de beber sobre el cuerpo de otro. Si supiera su nombre le reclamaría por mi ropa interior rasgada. Lo recuerdo y no encuentro otra forma de quitarla, ese fue el espíritu del encuentro, un instinto animal. Tal vez las guarde… tal vez un día decida dejarlas en su buzón, tal vez las use de excusa para un nuevo encuentro.
Pensándolo bien, no me arrepiento, me hubiera quedado una semana.
Tuya por una noche,
                                    La del vestido rojo.