Parques

Volver a un parque es volver a vivir, afirmó. O continuar haciéndolo después de una breve, o prolongada, pausa. En este parque de unas cuantas manzanas de tamaño, no tan pequeño como para llamarlo chico ni tan grande como para considerarlo memorable, las palmeras están despenachadas entre los muchos árboles, árboles que él había conocido pequeños, enclenques, infantiles, cuando iba a visitar a su amigo el poeta.

Otras personas dirían que todo tiempo pasado es mejor que el presente. Para él el presente siempre ha sido insuperable. La nostalgia no le va bien. Los recuerdos existen para ser disfrutados en compañía ¡jamás solos! No se encuentra satisfacción en los recuerdos personales. Sólo están ahí para degustarse con amigos o para transmitirlos como lecciones a los hijos.

Caminar a través de un parque alimenta las reflexiones. Observa los diferentes tonos de verde y su mente se ve invadida de diferentes escenas, objetos y recuerdos verdes. Las nieves de limón que comen los niños, el paseo por Chapultepec con su primer amor, la cobija con la que lo reconfortaba su mamá, el olor de la casa de su abuelita, el horrible libro de álgebra de la secundaria, la habitación de su infancia…

Los árboles tienen el tamaño que tienen porque lo han vivido. Presentan las cicatrices del tiempo para compartirlas con el que desee conocerlos de cerca. Las huellas de niños trepándolos, reemplazadas, o incrementadas, por las de nuevos niños. Las palmeras presentan el único espectáculo triste entre la rebosante explosión de vida que contiene el parque. Asfixiadas por las distintas plantas que oprimen su difícil existencia. Colocadas por el incompetente desinterés o el capricho de los déspotas municipales, que en algún momento decidieron plantar tanto como robaron.

El parque no se redujo, no creció, mantuvo constante su tamaño. Varió su perspectiva, cambió su atención a los detalles, aumentó su tamaño, disminuyó su imaginación infantil. El poeta lo escribió, lo observó, lo describió y transformó, creó a partir de sus formas; transformó al parque en palabras, situaciones y emociones. El poeta lo agotó y trascendió. Él creció con el parque y con paseos lo redujo a su tamaño actual. Por eso los parques, como este, son para los niños, cuya libertad creativa les permite explotarlos y gozarlos como se debe.

Los niños corren mientras él camina, los niños gritan mientras él calla, los niños ríen mientras él observa, los niños interactúan con el parque mientras él intenta pasar lo más desapercibido posible, los niños (y él) no recuerdan sólo viven.

Prefiere el presente, atravesando parques, visitando amigos, creando recuerdos (aunque elija no recordar), sintiendo la brisa, disfrutando los colores, reconociendo aromas, degustando la vida. Al fin las experiencias sólo son tristes riquezas, cuya única función es el ayudar a determinar cómo se debería haber vivido. Fútil función en una vida presente como la suya.

Ve un banco y se sienta. Está débil y cansado. Observa a dos mujeres, de las que son difíciles de ignorar. Altas, fuertes, atractivas, confiadas, bien vestidas, con aires de prosperidad. Portan una actitud que sólo la edad les pudo dar, calcula que están alrededor de cuarenta años. Suspira. La tecnología invadió los parques, ambas están pegadas a sus celulares. Caminando sin ver como si contaran con un sonar para evitar chocar o tropezar con algo. Se levanta y echa a andar lentamente, como una tortuga en plena primavera disfrutando del sol de la ciudad. El sol que alimenta las plantas y los árboles. Las plantas que alimentan los recuerdos que no quiere tener.

Se murió el siglo XX. Ese siglo cuya información se transmitía con chismes y rumores, haciendo que la ciudad pareciera un pueblo o una vecindad. La información ya no se comunica, vuela. Aquellas mujeres parecían estarse comunicando por sus aparatos dada la poca importancia que le prestaban a cómo se ignoraban.

Hace treinta años, en su amado siglo XX, todo cambiaba todo el tiempo. La ciudad cambiaba constantemente, adaptándose a las nuevas modas, tendencias y corrientes. Él cambiaba junto con la ciudad, a veces en la misma dirección a veces de forma paralela y otras en la dirección contraria; pero la evolución y el cambio lo identificaban con la ciudad y su gente. A cierta edad los cambios empezaron a ser menos radicales y más espaciados, pero la vertiginosa evolución del mundo y la ciudad lo empujaron a un conservadurismo intolerable para su versión juvenil.

Nos gusta morir de heridas viejas…

Se fija en un joven, decidido y orgulloso, caminando con una premura que transmite una cierta urgencia. Como un fantasma de su juventud, espectro de lo que una vez fue. Odia los recuerdos y éste parece ir directo a él. Asustado y confundido quiere huir, pero sus pies no responden como quisiera, se tropieza y cae. Humillado admite su derrota, el joven acelera el paso y lo ayuda a incorporarse.

El joven le recuerda a un fantasma. Evoca memorias de tiempos pasados y juventudes extraviadas. Persiguiendo a una mujer a través del parque. Persiguiendo mujeres a través del parque. Su vida parece haberse reducido a perseguir mujeres a través del parque. ¿Mujer, joven o niña? El recuerdo es borroso y confuso, probablemente un híbrido de varios. Una amalgama indefinida de memorias encimadas. Persiguiendo a una amiga, novia, amada o amante. Persiguiendo a una joven, conocida, prima, amiga o hermana. Persiguiendo a una niña, sobrina o hija. ¿Cuántas veces persiguió por juego, temor, amor, necesidad o deseo a una mujer en un parque? ¿Cuántas mujeres desfilaron por su vida desempeñando diferentes roles; influyendo en su vida de forma superficial o profunda, esporádica o continua, efímera o determinante?

Lo levanta con la ternura con la que él alguna vez, tantas veces, levantó a su… ¿hijo? Sí, hijo. Sólo un hijo genera tanta devoción, urgencia y miedo.

–Gracias hijo. Le dice y extrañamente lo encuentra aterradoramente familiar.

En su vida no existe nada más familiar que el parque. Los recuerdos le huyen y a la vez lo bombardean con un inmisericorde desorden. Lo confunden, lo incomodan. Por ello prefiere no recordar. Un día, quién sabe cual, los recuerdos dejaron de ser sus amigos y sólo le quedó el parque que recorría cuando visitaba a su amigo el poeta.

Las mujeres de su vida perdidas en las oscuras profundidades del mar de la memoria. Las mujeres de su vida, que alguna vez figuraron en las tranquilas aguas y apacibles playas de su memoria, perdieron fuerza y se hundieron en las oscuras profundidades del mar de la memoria. No en cualquier memoria, en la suya, cuyas aguas turbulentas hacen más lúgubre su destino. Tendrá que preguntarle a su amigo el poeta sobre aquellas mujeres perdidas en el tiempo, sobre todas las cosas que se han perdido, sobre la certeza de que allí en su compañía encontrará todas las respuestas.

Todavía lo sostiene el joven, parece preocupado. Aún existen personas nobles en esta ciudad, concluye feliz. Pero tiene una cita con su memoria, con su vida, con sus recuerdos y ya deambuló mucho por el parque. El gran parque que ha sido la gran constante en su vida, en su mente.

–Discúlpame joven, voy a visitar a mi amigo el poeta y ya se me hizo tarde.

–Papá…–Le contesta el joven lleno de ternura y nostalgia –Octavio Paz falleció hace años… sabes que no debes salir solo… ven vamos a casa.

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