Carta a un desconocido

Querido desconocido:
Cometí un error. Esta mañana está llena de arrepentimiento, lo vi en todos los que se dirigían a sus trabajos cuando caminaba de vuelta a mi casa. No sé si el mundo decidió juzgarme o soy yo proyectando mi interior, pero eso a usted no le incumbe, le escribo para disculparme. Ayer me encontraba cansada de luchar contra mis propios instintos, me dejé envolver entre sus sábanas, vestida con mi piel, armada sólo de uñas y dientes. Lo vi tan entero, tan seguro, tan confiado que lo quise para mí. Lamento haber cambiado su rostro, que mi cabeza estuviera en otro lado. Es extraño estar presionado bajo el cuerpo de alguien y estar, al mismo tiempo, a kilómetros en los brazos de un hombre con mirada profunda y manos más grandes.
Usted también me miraba a los ojos y me hubiera gustado preguntarle si me veía a mí, o si también imagina a otra; aquella que adorna sus fotos colgadas de sus paredes, que ha leído los libros en sus muebles, cuyo perfume mantiene una leve presencia en esa habitación. Lamento si no pude llenar el vacío que ella dejó como usted no pudo llenar el mío, a pesar de tanto intentarlo, no me lo tome a mal la noche fue una delicia pero el placer no flanquea los abismos. Me consuela saber que logré mantener ocupadas sus manos, sus manos inquietas que no soportaban el frío. Debo agradecerle que le haya devuelto un poco de vida a mis labios resquebrajados.
Lamento convertirme en una más de su lista de eufemismos, me pregunto cuál será el mío; porque para mí usted será el de la cita de catorce horas que se toma el tequila derecho sin sal ni limones. El hombre al que le negué un beso de despedida. El que debilitó mis piernas con una sonrisa de seductor experimentado. Aquel que tira las barreras con una mirada, que construye intimidad en un par de oraciones. Usted, el que hizo que lo olvidara hasta llevarme a la cama, que olvidara a aquel que se aferró a mi sangre, esa misma que anoche hervimos con impudicia.
Lamento haber desordenado su mesa, no sé qué me poseyó, parecía algo lógico tirar al suelo todos los objetos que la adornaban. Estoy apenada por el vino que derramé sobre sus sábanas, no recuerdo en dónde leí eso de beber sobre el cuerpo de otro. Si supiera su nombre le reclamaría por mi ropa interior rasgada. Lo recuerdo y no encuentro otra forma de quitarla, ese fue el espíritu del encuentro, un instinto animal. Tal vez las guarde… tal vez un día decida dejarlas en su buzón, tal vez las use de excusa para un nuevo encuentro.
Pensándolo bien, no me arrepiento, me hubiera quedado una semana.
Tuya por una noche,
                                    La del vestido rojo.

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