Diario de una psicópata

Me detuve, con el cuchillo firme sobre su cuello, una duda me embargó. No la podía matar. Una fina línea de sangre se dibujó en su cuello. No vi miedo ni alivio en su rostro, sólo confusión. Siento que conozco ese rostro, me es familiar, como el rostro de una mujer que solía conocer sólo que más arrugada.
No la degollé. Di dos pasos atrás, ella imitó mis movimientos, media vuelta y echamos a andar en direcciones contrarias.
¿Quién es y de dónde la conozco?
No es común que encuentre rostros familiares. No es común que perdone a mi víctima. Nadie sobrevive cuando me ven blandiendo un cuchillo. Nadie sobrevive una vez que hay sangre. Pero ella se fue con su raya en el cuello, confusión en el rostro y una gota de sangre escurriendo.
 
¿Quién es? ¿Por qué la dejé ir?
Llegué a mi trabajo sin resolver este enigma.—Buenos días — saludo a la recepcionista mientras pienso en ese rostro…

—Buenos días — me responde.

Me es tan familiar…—Buenos días — me dice el contador.

No conozco a nadie de esa edad…—Buenos días — le respondo con una sonrisa fingida.

No se asustó, estaba confundida…—Buenos días —saludo a mi vecina de cubículo.

Y asquerosamente arrugada…—Buenos días linda —al verme me detiene mi compañera con evidente sorpresa. —¿Qué te pasó en el cuello? ¡Tienes una ligera cortada!

 
Una línea roja con una lágrima de sangre. Sonreí.
 

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