Mes: enero 2015

Visión

Me pongo a pensar en lo que significa la palabra visión, la perspectiva y la subjetividad. Son días tristes y nostálgicos, con todos los clichés que tomamos prestados cuando se presenta una muerte cercana. No se preocupen, cuidaré bien de ellos y los devolveré para que otros los utilicen cuando requieran hablar de una pérdida y reponerse del dolor.

Mi abuelita era una mujer de visión. Es algo que escuché mucho: era una mujer con una gran visión, era un mujerón, se nos fue. Todo eso es cierto. Era una mujer que pudo haber sido una líder sindical, la cabeza de un partido de político o líder de una secta o un culto; pudo haber sido una psicóloga exitosa o una abogada con un récord envidiable. Mi abuelita pudo haber sido muchas cosas, le sobraba visión, perspicacia, coraje, valor, astucia, carisma y carácter. Es fácil imaginarla de tantas formas, pero fue la cabeza de una familia, el pivote y la líder de una comunidad religiosa.

Mi abuelita veía cosas, sentía, percibía y al final resultaba que sabía. Pera una mujer observadora y llena de experiencia de vida, de esa que se adquiere con los años, las historias y la determinación para hacer que sucedan las cosas y luchar para mantener y sacar a flote algo en lo que se cree, como una familia o la fe.

Mi abuelita era una consejera socorrida. La gente acudía seguido con ella por consejo, orientación y ayuda, salían con dirección, ideas y una sensación de bienestar que las hacía regresar, agradecer y llenar la sala en la que la velamos. Mi abuelita era una guía espiritual para tantas personas que me hacía preguntarme si no estoy mal por carecer de ese lado espiritual, aunque al final pensaba que ellos tenían suficiente fe y espíritu para compensar la falta del mío.

Mi abuelita era una cabeza de familia como el padrino. Partía, repartía, dispensaba, aconsejaba, guiaba, orientaba, conciliaba, ayudaba y apoyaba. Lo que más le interesaba era el bienestar y la unión de su familia. Lo único que quería era saber que no teníamos problemas, diferencias ni carencias. Resolvía lo que podía, recriminaba en donde se debía, ponía en orden al que lo necesitaba y mantenía en su lugar a aquellos que querían salirse de lo sano, de lo bueno, de lo propio y lo debido.

Mi abuelita era querida. No he escuchado palabras negativas de ella y no estoy hablando de ese efecto de la muerte que hace que no se hable mal de un difunto. Mi abuelita era de carácter fuerte, pero justa y por eso es raro escuchar algo negativo de ella, siempre se le encuentra la lógica y la justificación a sus acciones.

Mi abuelita no fue perfecta, pero fue un personaje colorido, interesante, llena de historias y anécdotas propias y ajenas que te hacían reír, te sorprendían o te sacudían. Un mujerón, una consejera, una líder, un pivote, una mujer de visión, fue muchas cosas y lo más importante: fue nuestra.

—Christian D. Guerrero.

Escombros

Entre lenguas y sin sabores
entre escombros y desperdicios
las botellas vacías y los recuerdos esparcidos
los vicios disfrazados de sinfonías.
Si vas a regresar que sea con los escombros.
Si vas a regresar que sea entre mentiras
que me hallo en las guerras perdidas
siento orgullo de mis heridas.
Quédate con las victorias
con las palabras y las alegrías
no me sirves sin tu corrupta vanidad.
Jamás ocurrió aunque pasó, como siempre. 
Nos defraudamos y todo lo enterramos
seguiré cuidando mis escombros
hasta que vuelvas con los tuyos.
—Ave Literaria

Gracias por la idea.

Me gusta adueñarme del conocimiento, leer y confiar en que fue escrito para mí. No lo digo como una virtud ni como un defecto, es lo que es, asumo lo que me dicen, lo adopto y me moldeo a su alrededor.

Bukowski me hace querer tomar la vida, llenarla de alcohol y revolcarme entre sus excesos. Deseo ser un tren descarriado al que no le importan las consecuencias y se dedica a reaccionar. No logro entregarme del todo a ese desinterés, aunque esa decadencia me emociona como la miel a Pooh.

Un autor nuevo para mí, Chuck Klosterman, me ha enseñado que no debo desestimar lo popular, lo actual y que todo concepto y movimiento se puede vincular. Tengo la mala costumbre de juzgar y desechar cosas por considerar que no están a la altura de mi, supuestamente, exigente gusto. Ya no, quiero ver las cosas como lo hace él, no exactamente como las ve él, me agrada su forma de analizar y conectar ideas profundas con imágenes o elementos de cultura pop o tendencia hipster.

Camus me habló de tú a tú sobre lo absurdo de la vida, lo que negamos y aquella abrumadora sensación que brota de nuestro interior y se lleva todo cual aspiradora. No sé si reconocí algo que había dentro de mí o lo asumí como propio. Me sentía Meursault desconectado de todo, hablando de la muerte de su mamá como si fuera un charco que pisó camino al trabajo, sintiéndome un prisionero abandonado, incomprendido.

Sartre me hizo cuestionar la sensación que llevo dentro hasta entenderla y asumirla; aún no sé qué es. Y lo cuestiono y sufro ante las opciones y las posibilidades. La existencia es una carga que no pedí, pero aquí estoy. ¿Esa idea es mía o nació a partir de leerlo? Tal vez ni siquiera sea algo que él diría, pero yo saqué eso de Sartre. Empecé a disfrutar sentarme en cafés a la Roquentin registrando mis impresiones sobre el mundo que me rodea y mi solitaria existencia.

Hasta Dan Brown me dejó buscando códigos ocultos. ¿Se me imaginan la emoción de resolver un acertijo de dimensiones épicas, abrirse paso entre los secretos de organizaciones encubiertas exponiendo los misterios con la capacidad de sacudir los cimientos de nuestras creencias?

Por último, en esta breve lista que idee para explicar mi punto, menciono a Rowling, porque soy de la afortunada generación que creció esperando un búho.

Alguna vez escribí: “Soy tan ingenuo como para creer todo lo que leo. Soy tan listo como para no hacerlo siempre.” Esto sigue siendo tan vigente hoy como lo era hace tres años, lo escribí mientras leía una novela de Kundera que cambió mi forma de ver los regalos y el acto de dar un regalo. No siempre permito que una idea o un autor moldee mi forma de pensar; sería un camaleón sin definición no coherencia si así fuera. Pero cuando una idea me gusta, me sacude o ilumina algo dentro de mí que antes no alcanzaba a distinguir, entonces, permito que se apropie de mi persona y me la adueño. Al final no sé si fue la injerencia de ese autor o mis instintos, da igual, soy un producto de lo que leo y lo que hago.