La mano.

—¿Gustavo?
—Hola, sí, ¿Enrique?
—Sí, mucho gusto.
—Perdón, no creo en dar la mano.
—¿Qué?
—Sí, no creo en dar la mano. No la doy al saludar ni al despedirme.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—¿Sabes la cantidad de gente que no se lava las manos al ir al baño, después de comer, al levantar al del suelo, después de tocar una mesa a la que sólo le pasan un trapo sucio de vez en cuando? No gracias. No doy la mano.
—¿No te parece un poco exagerado?
—No, creo que es algo que todos deberíamos adoptar. Se me hace exagerado que se vea como un acto de respeto, de formalidad o de civilidad.
—Por mera cortesía hacia la otra persona.
—¡Cortesía! Ja, ja, ja. Perdona mi risa. ¿Te parece cortesía que alguien estreche tu mano después de haber ido al baño sin lavarla y haber tocado un poste en el metro que han agarrado cientos de manos que han estado en decenas de lugares y que portan millones de quién sabe qué cosas? ¿Te parecería cortés meter la mano al inodoro después de que alguien orinó o defecó ahí? ¿Te ofenderías si no metiera mi mano al agua llena de tus meados? ¿Te parecería normal, sano o sensato que lo hiciera?
—No…
—¡Saldrías corriendo si me vieras hacer eso y aún así esperas que estreche tu mano que es, para fines prácticos, básicamente lo mismo! No voy a estrechar tu mano, la de el vecino, la de mi papá ni la del presidente sólo porque esperan que siga líneas de conducta que alguien decidió, hace años, que marcarían el protocolo civilizado, al saludar a alguien, sin considerar lo poco salubre del intercambio.
—…está bien, está bien, ya entendí.

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