enamorado

Me enamoré de un artista en Internet

Es muy fácil enamorarse de una idea alimentada por lo que vemos en una pantalla y nuestra imaginación. Veo a una persona en un video, leo a una persona en una página, entro al mundo de un personaje en una serie o una novela, escucho las composiciones de un músico, me atrapa la pintura de alguna artista; hay tantas formas de experimentar las creaciones de las diferentes personas que comparten su creatividad en Internet, que seguido nos confundimos.

A veces pensamos que nos enamoramos de equis persona, que la conocemos, que la entendemos y que seguro nos comprendería y nos identificaríamos si nos conociéramos. Llegamos a pensar que es una pena que no nos podamos conocer porque parecemos creados para conectarnos. “No fue casualidad que encontrara esto, fue el destino que me está señalando a un alma gemela.” Pero no es así (tal vez un pequeño porcentaje de los casos sí podrían ser así, pero sería una cifra cercana a 1 en un millón), no estamos conociendo a una persona a través de las mínimas gotas que nos caen sobre esas personas y sus vidas. Hay que pensar en lo complejos que somos, en lo complejas que son nuestras vidas y comparar eso con lo que podemos ver de esa persona en lo poco que comparte en Internet. También debemos considerar que lo que nos comparte es una selección de sus obras, de su trabajo, y que eso implica ver el 0.00000001% de esa persona, porque ver su trabajo o su arte no es conocer a una persona.

Hay personas que tienen la fortuna de pasar su vida entera con alguien a quien aman. Se conocen desde pequeños, se van acompañando en su crecimiento, se enamoran, se casan y se acompañan hasta su muerte. Estas personas mueren sintiendo que conocieron a su pareja a fondo y que nunca la conocieron del todo. Es complicado llegar a conocernos, a la perfección, a nosotros mismos a lo largo de nuestras vidas y si no podemos con nosotros conocer a alguien más resulta imposible. Tomando esto en cuenta la idea de conocer a una persona a través de unos videos, unas canciones, unas frases, unos libros, actuaciones, series o películas es improbable.

Tal vez lo que ocurre es que nos enamoramos de una idea o una ilusión; tal vez nos estamos enamorando de nosotros mismos porque estamos proyectando nuestra forma de ser y de pensar en la imagen de alguien en Internet; tal vez nos enamoramos de lo que representan; tal vez es una atracción que estamos inflando; tal vez estoy equivocado y sí es amor; tal vez, pero no estamos conociendo a una persona, estamos alimentando una idea.

Océano azul

Aunque esté lejos
me quedaré
justo allí
en el anochecer.
Podrá ser tarde,
podré estar lejos
pero he corrido
y sé que estoy enamorado.
He corrido
hacia el atardecer
y me quedaré.
¿Me esperarás?
¿Qué dirás?

¿Qué te he hecho?
Los caminos que conocía.
Los senderos que recorría.
Las verdades que veía.
Océano azul,
hermoso atardecer.
¿Me esperarás?
Aunque estoy lejos
¿Me querrás?
Sé que me quedaré,
y sé que estoy enamorado.
Te sorprenderé
junto a ti
permaneceré.


-Ave Literaria

Alba, amantes en el cielo

Del latín albus, se refiere al amanecer o a la primera luz del día antes de que salga el Sol.

En los primeros días del verano, aquellos escasos (antes del cambio de horario) en los que puedes disfrutar de un poco de luz a las 6 am. Disfruté de la magia penetrante del alba. La mística de la evolución cambiante del día, prueba física de la existencia de algo tan elusivo como el tiempo.

El espectáculo de la naturaleza se presentaba constante e incansable, la obra eterna que adorna nuestras caprichosas vidas. Parecía que el cielo gritaba y se agitaba, para llamar la atención de los que nos encontrábamos recorriendo los diferentes caminos de nuestras vidas. ¿Hasta qué extremos debe llegar el mundo para llama nuestra atención? El alba se presentaba y decía “hoy no me ignorarás” me obligó a voltear, a poner atención, a concentrarme en lo que sucedía encima y ante mi.
El mejor momento del espectáculo matutino es cuando no estás ni aquí ni allá, te pierdes entre dos realidades, las dos tan efímeras como la pasada., como su contraparte, pero más reales que las mecanizadas y rutinarias vidas que llevamos.
La luz en la penumbra tan poderosa como la oscuridad, el gran epinicio de la tolerancia, justo medio iluminado. Sólo existen dos momentos en los que funciona el matrimonio del día y la noche, destinado al fracaso, al divorcio. Dos veces al día, durante el alba y el crepúsculo, se les permite avivar el romance a estos amantes. Se entregan a su pasión, aprovechando cada instante, convirtiéndome en voyeur.
Los colores y movimiento resultantes de la pasión de los enamorados, registrados por mi voyeurismo, me llevan a ser testigo de un dilema delicioso. Llega un momento en el que se ilumina tu entorno pero las lámparas y los focos tienen una función indispensable, son necesarios aun cuando la luz del día empieza a hacer su aparición y a intentar dominar la escena. Diría que la luz natural está lo suficientemente oscura para necesitar la intervención del hombre para cumplir su acometido. Saben que los estas observando y se sonrojan, pintando el cielo de diferentes tonos rojizos y rosas, pero no les importa, lo disfrutan y continúan, al fin todavía no llega el sol a interrumpirlos.
Perdido en la dimensión alterna del alba no queda más que disfrutar el espectáculo, segregarte de tu expresión corpórea y reflexionar. Convertirte en la adulación del misticismo, volar con la intoxicación visual de la naturaleza.
Deja que la máquina se encargue de la rutina, llegarás a tu destino, olvídate de aquello y sumérgete en la espesura de la sintonía ancestral y residual de la pasional sexualidad de dos momentos encontrados en el cielo.

No eres la persona que conocí

Sobrevalorar.- Otorgar a alguien o algo mayor valor del que realmente tiene. (Definición de la Real Academia Española)

¿Quién no ha sobrevalorado a alguien?

El arte de sobrevalorar a una persona es uno que todos parecemos tener. Sí, creo que sobrevalorar a las personas es un arte. Según su definición arte es la virtud, disposición y habilidad para hacer algo; en este caso, otorgar a alguien mayor valor del que realmente tiene.

Juzgar a las personas es de las habilidades que vamos adquiriendo con la experiencia. Algunas personas nacen con un don para juzgar, medir, evaluar a las personas y, por lo tanto, lo hacen mejor que otras. La mayoría tenemos que aprender a golpes. No es algo imposible de aprender pero tampoco es sencillo y también es peligrosamente sencillo equivocarse.

El principal problema a la hora de evaluar a las personas es el desprender toda emoción de la evaluación. Parece parte de nuestra naturaleza involucrar emociones en todo lo que hacemos, por algo decimos que es lo que nos hace “humanos”. Nuestra humanidad es considerada algo positivo y negativo dependiendo del punto de vista, la situación, los resultados y una infinidad de otros factores que pueden intervenir en el análisis. Al no poder desprendernos de nuestra humanidad, las evaluaciones de otras personas estarán impregnadas de juicios morales y emociones sin fundamento. A veces les vinculamos a las personas cualidades sin tener prueba de que en verdad poseen esas cualidades, por el simple hecho de que nos agradaron a primera vista o nos “dieron buena vibra”.

Por más que lo intento no encuentro la lógica detrás de encariñarse (o lo contrario) con una persona a la que sólo conocemos de vista. Son de las limitaciones emocionales con las que tenemos que andar y a las que tenemos que sobreponernos. Lo que sí he visto es que tendemos a otorgarles cualidades y defectos a las personas según nuestras propias expectativas. Andamos por la vida con un paquete de características que forman a una persona “ideal”, cuya existencia se limita a nuestra imaginación, esperando encontrar a esa persona a la vuelta de la esquina. Entre más jóvenes e inexpertos somos, es más fácil que soltemos esas características y las vinculemos con la primer persona “interesante” que veamos. Así suelen ser esos primeros enamoramientos, producto de la idealización de una persona olvidándonos de lo más importante: conocer a la persona, a la real no a la que existe en nuestra mente cegada por nuestra imaginación.

Pero el arte de idealizar a las personas no se limita a los noviazgos de adolescentes, lo hacemos con amistades, familiares, líderes y compañeros de trabajo. Constantemente estamos buscando esa amistad soñada o ese jefe fantástico, olvidando que sólo existen en nuestra mente. A veces cometemos el terrible error de dejar escapar a los que son increíblemente cercanos a nuestras idealizadas locuras, esperando encontrar algo “mejor”.

Me encantaría poder decir que esos errores se van dejando de cometer conforme pasan los años y adquirimos más experiencia, pero eso no pasa. Claro que adquirimos mayor experiencia y en un mundo ideal, nuestros errores se van haciendo menos frecuentes, pero lo que he visto es que nuestros errores van cambiando pero no desaparecen. Equivocarse es parte de la naturaleza humana, es la forma en la que “aprendemos”, es sencillo: no somos perfectos. Claro que vamos dejando de cometer errores de “principiantes” pero nuestras decisiones cada vez tienen mayores consecuencias, se vuelven más complicadas y costosas. Con el tiempo nos hacemos más celosos y precavidos, en algunos casos llegando a desconfiar en extremo y cerrarnos casi por completo. Empezamos a manejarnos en “zonas de confort”, terrenos probados que representan un riesgo nulo o al menos medido y dentro del presupuesto.

Pocas veces el haber sobrevalorado a una persona es culpa de esa persona. Claro que existen casos en los que nos engañan de forma deliberada, para que tengamos una imagen falsa de ellos, pero son los menos. En la mayoría de los casos en los que las personas no resultan ser lo que pensábamos es nuestra culpa. No es nada grave así andamos todos por la vida, externalizando y proyectando nuestros sueños, ilusiones, deseos, problemas, éxitos y fracasos en las personas con las que nos relacionamos y especialmente en las que vamos conociendo.

Cuando conocemos a una persona siempre debemos tener presente el contexto. Podemos conocer a una persona en un mal día y asociar a esa persona con mala vibra, malas ideas o malos sentimientos, afectando la impresión que tengamos de esa persona sin importar cómo sea en realidad. Es raro que sigamos en contacto con personas que conocemos en contextos negativos, a menos que algo suceda que cambie la mala imagen que tengamos de esa persona. Estamos más abiertos a conocer a nuevas personas cuando estamos de buenas, entonces sí esas personas resultan ser un asco, hay que culpar a nuestro alegre estado de ánimo del día en el que conocimos a esas personas 😉

Vulnerable

 

Vulnerable.- Que es susceptible de recibir un daño o herida graves; que no resiste ningún ataque o agresión.

De repente me sentí vulnerable. De repente me sentí mortal. De repente sentí y fue mucho para mí…

Durante muchos años pensé que lo peor que me podía pasar era que me rompieran el corazón. Un día la soledad empezó a competir por el puesto de peor sensación, pero hoy comprendí que ninguno se compara a la vulnerabilidad.

Un día entendí de golpe lo que significa la muerte. La combinación de sensaciones y vacío que te deja es un huracán emocional. Días así son de los más complicados que uno tendrá que enfrentar hasta que entiendes tu vulnerabilidad.

La muerte es algo que enfrentamos de lado, nunca ahondamos en lo que significa y representa. La muerte es un tema que sólo tocamos de manera superficial y con temor, debemos marcar una distancia sana y segura antes de enfrentarla. La principal postura que tomamos hacia la muerte es la de la negación, la entendemos como algo distante y lejano. De manera consciente o inconsciente lo entendemos como algo que no forma parte de nuestras vidas.

La distancia que marcamos entre la muerte y nuestras vidas es un intento de “protegernos”. La negación es la forma clásica de “enfrentar” asuntos complicados, si negamos las cosas esperamos que desaparezcan. Al no reconocer la muerte como parte de nuestras vidas también intentamos mantenerlas fuera de ellas, lo cual es ridículo. Siempre que hablamos de una persona que falleció lo hacemos con reservas, nos llenamos de un respeto a veces falso o inmerecido hacia la persona fallecida y la muerte parece borrar todo defecto o rencor.

Esta cultura de asumir la muerte como algo externo en vez de reconocerla como parte de nuestras vidas, termina dañándonos. Esa es la razón de nuestro temor hacia la muerte, siempre le tememos a lo desconocido y mucho más si no lo asumimos y reconocemos como una cuestión natural y fundamental de nuestras vidas. La vida y la muerte son uno, son parte de una misma línea y de un mismo camino. La muerte no es una parte externa de la vida, es el destino, es parte fundamental de la vida.

Cuando fallamos en reconocer la muerte ocurren los terribles golpes anímicos que te dan los accidentes y las enfermedades. Al negar la muerte como parte de nuestras vidas nos sorprendemos cuando ésta entra a nuestras vidas y esos “golpes” suelen llegar de sorpresa. Nuestra cultura y forma de ver la muerte nos deja vulnerables ante nuestra mortalidad, por eso el golpe más fuerte que debemos enfrentar es sentirnos vulnerables. Tenemos una falsa imagen de inmortalidad y el día que nos borran esa ilusión el golpe anímico es severo y devastador.

Solía pensar que lo peor que me podía pasar era sentirme solo o que me rompieran el corazón, pero un día sentí dolor físico y me asusté, después sentí enfermedad y me asusté más, pero lo peor ha sido sentir dolor y enfermedad día tras día. Por muy fuerte que sea una persona el tener síntomas y malestares constantes va minando el estado anímico y llegas a entender lo vulnerable que eres. El tiempo es pesado y como la vida avanza sin esperarte, algunas veces terminas observando el tiempo y la vida pasar a través de una ventana. Observas a la gente pasar, algunas se detendrán para visitarte, otras sólo te sonreirán, pero en general las personas pasan como hojas que se lleva el viento y a uno no le queda más que observar cómo se van volando.

La vulnerabilidad te expone a todo como una enfermedad autoinmune, no hay defensas, no hay muros, no hay escudos, no hay nada entre el mundo y tú. En tu vida nunca estarás más expuesto que cuando te entiendes mortal y vulnerable, nada evitará que sientas.