luto

Visión

Me pongo a pensar en lo que significa la palabra visión, la perspectiva y la subjetividad. Son días tristes y nostálgicos, con todos los clichés que tomamos prestados cuando se presenta una muerte cercana. No se preocupen, cuidaré bien de ellos y los devolveré para que otros los utilicen cuando requieran hablar de una pérdida y reponerse del dolor.

Mi abuelita era una mujer de visión. Es algo que escuché mucho: era una mujer con una gran visión, era un mujerón, se nos fue. Todo eso es cierto. Era una mujer que pudo haber sido una líder sindical, la cabeza de un partido de político o líder de una secta o un culto; pudo haber sido una psicóloga exitosa o una abogada con un récord envidiable. Mi abuelita pudo haber sido muchas cosas, le sobraba visión, perspicacia, coraje, valor, astucia, carisma y carácter. Es fácil imaginarla de tantas formas, pero fue la cabeza de una familia, el pivote y la líder de una comunidad religiosa.

Mi abuelita veía cosas, sentía, percibía y al final resultaba que sabía. Pera una mujer observadora y llena de experiencia de vida, de esa que se adquiere con los años, las historias y la determinación para hacer que sucedan las cosas y luchar para mantener y sacar a flote algo en lo que se cree, como una familia o la fe.

Mi abuelita era una consejera socorrida. La gente acudía seguido con ella por consejo, orientación y ayuda, salían con dirección, ideas y una sensación de bienestar que las hacía regresar, agradecer y llenar la sala en la que la velamos. Mi abuelita era una guía espiritual para tantas personas que me hacía preguntarme si no estoy mal por carecer de ese lado espiritual, aunque al final pensaba que ellos tenían suficiente fe y espíritu para compensar la falta del mío.

Mi abuelita era una cabeza de familia como el padrino. Partía, repartía, dispensaba, aconsejaba, guiaba, orientaba, conciliaba, ayudaba y apoyaba. Lo que más le interesaba era el bienestar y la unión de su familia. Lo único que quería era saber que no teníamos problemas, diferencias ni carencias. Resolvía lo que podía, recriminaba en donde se debía, ponía en orden al que lo necesitaba y mantenía en su lugar a aquellos que querían salirse de lo sano, de lo bueno, de lo propio y lo debido.

Mi abuelita era querida. No he escuchado palabras negativas de ella y no estoy hablando de ese efecto de la muerte que hace que no se hable mal de un difunto. Mi abuelita era de carácter fuerte, pero justa y por eso es raro escuchar algo negativo de ella, siempre se le encuentra la lógica y la justificación a sus acciones.

Mi abuelita no fue perfecta, pero fue un personaje colorido, interesante, llena de historias y anécdotas propias y ajenas que te hacían reír, te sorprendían o te sacudían. Un mujerón, una consejera, una líder, un pivote, una mujer de visión, fue muchas cosas y lo más importante: fue nuestra.

—Christian D. Guerrero.

Despedida

Llegamos temprano a la lúgubre función. Sacudidos, desvelados, sorprendidos. Una onírica situación existencial.

La despedida fue brutal. Orgánica, cruda, terrenal, real. Fue brutal porque sucedió. De no haber ocurrido hubiera sido conmovedora, íntima… ficticia. La realidad protagonizó. El ruidoso lamento enmudecía, el silencio ensordecía. Las emociones se prestaban, se compartían y se turnaban. Lamento intercalado con incredulidad llenaban el cuarto.

Todos estaban presentes, los que debían, los que podían y los que querían. Todos acompañados y todos solitarios. No existía nadie más en ese cuarto abarrotado, sólo él. Su ausencia imponía más que su presencia. No había duda, estaba ahí sin estarlo, descansando sin dormir. Su sonrisa reprimida era la única presente. Como si se aguantara un chiste tan clásico en él. Tal vez sonreía porque era el único que entendía que hay gozo en la muerte, que es parte de la vida. Tal vez sonreía porque descubrió el secreto de lo que hay después de la vida, esa respuesta que nos atormenta y él no la quiso compartir.

Anunciaron la primera llamada, observamos las palabras desfilar, llegaron y se fueron sin efecto alguno. Nadie entendía. El sinsentido continuó, lo absurdo nos embargó. Las dudas aparecían, pero la realidad nos observaba. Estaba ahí, irrefutable, innegable, avasalladora.

La tensión la cortaban las despedidas. Nuevos rostros, nuevos llantos, mismos lamentos, misma incredulidad, misma certeza. Una verdad constante, compartida, inmutable. Tristeza.

La segunda llamada a todos despertó, por un instante. El ambiente aletargado y somnoliento regresó, sólo salió a tomar aire y su presión se sintió. En su ausencia tomamos aire, disfrutamos la momentánea ligereza pero la presión regresó. Oprimiendo nuestro pecho nuestra atención reclamó y las miradas recuperó.

Halagos, caricias, besos, cumplidos y hasta piropos recibió. Siguieron los reclamos internos, los reproches y los lamentos, las culpas y las faltas. Cada uno se reprochó y se culpó. Cada uno se disculpó.

Se rezó y la tercera llamada llegó. Fría, dura, sin consideraciones. Era la tercera llamada y el tiempo se había acabado. En ese momento aleje mi atención del protagonista y lo vi. Encontré miedo e impotencia en su mirada. Suplicaban sus ojos un poco más de tiempo. Nadie lo miraba, todos se despedían y sólo yo notaba su reprimida desesperación. En eso se acercó, entendió que era el momento y se despidió. Un padre se despide de su padre. Ese momento me partió el corazón de una forma indescriptible. Sé cuánto amor sentía por él, cuánto sentía que le debía, lo agradecido que está por las oportunidades y puertas que le ayudó a abrir, los sacrificios que hizo por y para él. Sé cuánto lo amaba y lo doloroso que fue.

Jamás olvidaré esa solemne despedida, tan suya, tan reprimida, tan intensa.

La realidad nos alcanzó, nos oprimió y nos alcanzó.

Pedí perdón, me despedí y a otro teatro me dirigí. A lo lejos se escuchaba mi primera llamada…