palabras

La Palabra

Imposible seguir escuchando.
Las palabras nos alejan de donde estamos.

La vista no descansa.
No hay descanso para los ojos.
No hay descanso pues cada texto
evoca un nuevo lugar.
Algo que vive.
Algo que enerva,
que se mueve
y trasciende la hoja
sin hogar que lo acoja.
No le queda más que la mirada,
los ojos del espectador cautivo.

Las palabras pueden hacerte sentir,
pueden darte mundos y mentiras,
realidades y desventuras.
Siéntelas hablar
a través de mí,
a través de ti;
como si todo lo que deseo
es esta palabra
concentrada en este día,
en esta hoja, una parte de mi interior.

Todo es el deseo que trasciende 
la nada de la hoja, del ojo
del observador que busca
lo que se desvanece en el aire,
que me abarca como si me pudiera romper.

-Ave Literaria

Muchacha en la ventana

Me guío por las palabras, siempre lo he hecho o he procurado hacerlo (sería más acertado decir que he pretendido hacerlo pero no lo diré, mi vanidad no me lo permite).
Caminando entre pinturas descubrí una pequeña ventana, ínfima, casi imperceptible. Estaba rodeada de papeles que simulaban un tendedero de confesiones. Decenas de extraños habían pasado y colocado pedazos de intimidad en papeles dejados a secar bajo el sol; con el pequeño detalle de que no había sol, pero abundaban miradas. El morbo llevaba a los espectadores a concentrarse en las confesiones más atrevidas: “me estoy acostando con el mejor amigo de mi novio” “he pasado muchas noches con la mamá de mi novia” “Nunca me han gustado los hombres pero no he estado con mujeres” “Me golpean mis papás” Ese tendedero reflejaba nuestro voyeurismo pervertido.
La ventana me atrapó mientras navegaba entre las confesiones colgadas para gritar su cautivante inmoralidad. No tenía mucho, ni siquiera era una ventana, medía 5×5 centímetros y estaba rodeada de cuadros similares. Entre sus pequeñas cortinas se abría un minúsculo espacio a través del cual se leía “MUCHACHA” en letras que no cabían en el espacio pero desesperadas buscaban la forma de aparecer en la escena. Muchacha dominaba la ventana pero la fuerza de la obra estaba en minúsculas, apenas perceptible, decía “masturbándose”
La ventana no ofrecía más que unas endebles cortinas y dos palabras. Todos pasaban de largo ante ella pero yo pasé horas deleitándome con la muchacha en la ventana que actuaba sólo para mí.