pequeñas ficciones

¿Quién?

—¿Quién eres?

Cuando menos lo esperas, los días tranquilos o los alegres, los días en los que logras hacer algo que normalmente no te sale, los días que resuelves un enigma o los días en los que encuentras un poco de equilibrio, en los que te sientes sereno dentro de tu piel, seguro, confiado, orgulloso. Esos días, bajas la guardia, no estás a la defensiva, piensas que el mundo es bueno, que se siente tan entero como tú, olvidas que para que uno se sienta equilibrado debe haber unos cuantos desequilibrados por ahí.

—Armando Quiroz Villalba.

—¡No! Ese es tu nombre, bien podría ser Alfonso, Cuarenta y tres o Fido. ¿Quién eres?

Cirugía en la mañana, comer en casa y la consulta llena en la tarde. Un buen día. La cirugía salió perfecta, la comida feliz y siempre es bueno ver la consulta llena, todos los días estoy agradecido por poder trabajar. Años de estudio, prácticas, especializaciones, hospitales diferentes, acuerdos con aseguradoras, lo necesario para hacerme de un nombre, pacientes, una consulta privada, estabilidad económica y una familia.

—Soy el Dr. Quiroz, cardiólogo.

—¡No! Eso es lo que haces. ¿Quién eres?

No los vi, sentí, escuché ni olí. ¿Estaba en el hospital? ¿Fue en el estacionamiento? ¿Estaba en el carro? ¿Afuera de la casa? No recuerdo.

Soy un hijo, un hermano, un esposo y un padre de cuatro.

—¡No! Deja de jugar, esos son roles que decides desempeñar, queremos saber quién eres.

¿Quién soy? Da tristeza pensar que un adulto de mi edad no pueda responder una pregunta tan sencilla. ¿Qué quieren que les diga? ¿Qué esperan de mí? ¿Qué me hace ser lo que soy?

—¿Soy un hombre?

—¿Me estás preguntando? ¿No estás seguro? ¿Quieres que te lo confirme?

—No…Soy un hombre.

—Eso es sexo, género, no es quien eres, es una circunstancia, una casualidad.

—Soy una persona.

—Pareces más un perro miedoso. ¿Quién eres?

—¡No sé!

—Sal a descifrarlo.

—¡No sé!

—¿Qué pasa Armando?

¡Esa es la voz de mi esposa! Estoy en mi habitación. Fue una pesadilla.

—Perdón, creo que tuve una pesadilla.

—Tranquilo intenta dormir.

¿Lo fue?

—No sé quién soy.

Muchacha en la ventana

Me guío por las palabras, siempre lo he hecho o he procurado hacerlo (sería más acertado decir que he pretendido hacerlo pero no lo diré, mi vanidad no me lo permite).
Caminando entre pinturas descubrí una pequeña ventana, ínfima, casi imperceptible. Estaba rodeada de papeles que simulaban un tendedero de confesiones. Decenas de extraños habían pasado y colocado pedazos de intimidad en papeles dejados a secar bajo el sol; con el pequeño detalle de que no había sol, pero abundaban miradas. El morbo llevaba a los espectadores a concentrarse en las confesiones más atrevidas: “me estoy acostando con el mejor amigo de mi novio” “he pasado muchas noches con la mamá de mi novia” “Nunca me han gustado los hombres pero no he estado con mujeres” “Me golpean mis papás” Ese tendedero reflejaba nuestro voyeurismo pervertido.
La ventana me atrapó mientras navegaba entre las confesiones colgadas para gritar su cautivante inmoralidad. No tenía mucho, ni siquiera era una ventana, medía 5×5 centímetros y estaba rodeada de cuadros similares. Entre sus pequeñas cortinas se abría un minúsculo espacio a través del cual se leía “MUCHACHA” en letras que no cabían en el espacio pero desesperadas buscaban la forma de aparecer en la escena. Muchacha dominaba la ventana pero la fuerza de la obra estaba en minúsculas, apenas perceptible, decía “masturbándose”
La ventana no ofrecía más que unas endebles cortinas y dos palabras. Todos pasaban de largo ante ella pero yo pasé horas deleitándome con la muchacha en la ventana que actuaba sólo para mí.