sociedad

Inventos de la humanidad: los sentimientos

¿Los sentimientos existen por sí mismos o fueron inventados por nosotros? ¿Si no existiera la humanidad existirían los sentimientos?

Como cualquier concepto, los sentimientos son creaciones verbales de la humanidad para darle forma y aterrizar ideas que no se pueden visualizar. Este tipo de conceptos van desde las emociones hasta las matemáticas.

Parece fácil argumentar que los sentimientos existen porque los sentimos, así como los colores existen porque los vemos y los sonidos también porque los escuchamos. Pero si un árbol se cae a la mitad de un bosque y nadie lo ve, lo va a ver ni lo verá, ¿en verdad ocurrió? Para el árbol en cuestión es absoluta su veracidad, para una persona que no sabe de la existencia del árbol esto no ocurrió.

La verdad depende del ángulo con que se mire. Toda visión parte de supuestos que debemos aceptar como sociedad para poder partir de esa base y formular un modelo coherente. Los sentimientos parten del supuesto de que todos sentimos lo mismo, de que nuestras experiencias son semejantes y por lo tanto comparables. Asumimos que nuestra visión del azul es igual para todos y no nos detenemos a pensar en que podríamos verlo de forma diferente y experimentarlo de forma diferente porque al final del día todos estamos de acuerdo en llamarlo azul.

Si la humanidad no existiera los sentimientos seguirían existiendo, aunque podrían pasar desapercibidos. Nosotros hemos analizado estas sensaciones, las hemos catalogado y llegamos a un acuerdo social para entenderlas como emociones. El resto de las especies parecen poder sentirlos, pero no los analizan como nosotros, para ellos las emociones se quedan en el nivel instintivo que producen acciones y reacciones. La humanidad ha superado al instinto y ha buscado racionalizar la vida. Por lo tanto nosotros inventamos a los sentimientos, tanto como ellos, y el resto de nuestras experiencias, nos han inventado a nosotros.

Ensayo sobre el absurdo: Intolerancia.

La intolerancia, que por sí misma es ridícula, está llegando a niveles insoportables. La delicada naturaleza y susceptibilidad de las personas es demasiado. Todo nos molesta, hasta las cosas más ínfimas e intrascendentes nos molestan. Hubo quien llegó al grado de decirme que no saliera a caminar con mi perrita, porque ella no sacaba a pasear a su perro y esa es razón suficiente para que yo no deba, o pueda, hacerlo. ¿En qué le afecta a una persona que decida salir a pasear con mi mascota?

Ahora, al parecer, debemos tener a nuestras mascotas en espacios de un metro por un metro o si bien les va de dos por dos (sí, estoy exagerando), lejos de donde lo o la puedan ver nuestros vecinos por aquello de que su existencia (o la tuya) pueda afectar a su delicada y sensible naturaleza. También está prohibido que me perrita huela el muro, la reja, la barda, la puerta o el pasto de una casa; cualquier acción de ese tipo es una ofensa y al parecer la pena es que envenenen a tu mascota. Oler se paga con su vida. Podrán pensar que estoy exagerando, pero no es así. Nuestras reacciones a diferentes eventos, situaciones, gustos, acciones y creencias cada vez son más extremas.

La gente golpea a personas por sus gustos, por su género o aparente falta de género; hay quienes asesinan por no estar de acuerdo con el sentido de humor de otra persona y quienes privan de derechos básicos a quienes no son de su misma raza, sexo o género, a quienes no comparten sus creencias religiosas o quienes no encajan dentro de los estándares sociales que estos desean. Es cosa de detenerse a pensar en cuántos problemas tenemos que van desde equidad de género, discriminación, impunidad, racismo, clasismo, sexismo hasta ignorancia y fanatismo, para darse cuenta que el mundo está enfermo de intolerancia. ¿En serio piensan que estamos haciendo bien las cosas? ¿En serio creen que éste es el camino? ¿En serio no ven la falta de justicia y de sentido en cómo se manejan las cosas?

Ante la magnitud de los problemas que aquejan al mundo, el asunto con el que inicié es una vacilada. Lo es, por eso lo escogí para iniciar. Creo que como sociedad (y en algunos casos también como individuos) somos eso, una vacilada, una ridiculez, un chiste; somos un abuso tras otro cuyas razones y justificaciones son tan absurdas y pequeñas como molestarse porque un perro olfatea el pedazo de pasto frente a tu casa.

Ser original

Salvo unas cuantas excepciones, el hombre disfruta ser visto. Somos pavo reales disfrazados de personas pero mantenemos la cola que extendemos para vanagloriarnos de nuestras virtudes y cualidades, o lo que queremos hacer pasar por virtudes y cualidades. Somos celosos de nuestra intimidad y nuestra privacidad pero vivimos con el deseo latente de ser vistos, de ser vistos contra nuestra voluntad, de ser admirados en la intimidad, de ser violados por una mirada.
Es la falsa gloria de la fama, la equivocada expectativa que tenemos de que nuestra vida sería mejor si estuviera expuesta ante nuestra irremediable fama, la idea de que el dinero y el reconocimiento aportan más alegrías que dificultades.
La vida, nuestra vida en sociedad, la vida civilizada es una orgía en la que todos queremos participar; una orgía que sólo requiere de una cámara en una era en la que todo tiene cámara. No valoramos la intimidad por el deseo de ser expuestos, de ser tocados por la fama, de ser víctimas de la invasión a la privacidad, queremos ser celebrados a cualquier costo y algún día lo lamentaremos.
No nos damos cuenta que todos estamos expuestos, estamos a la merced de todos. Permitimos, y alentamos, el que tomen momentos de nuestras vidas, que roben esos momentos del paso del tiempo e irrumpan en su proceso de degradación natural. Extraemos tiempo al tiempo y exponemos a nuestro porvenir. Ahora cualquier momento de nuestra vida puede ser desenterrado y a veces se descubren solos como cadáveres mal enterrados o cadáveres que flotan a la ribera más cercana esperando ser encontrados.
Las fotos y las famosas “selfies” pretenden celebrar el individualismo del ser. No se me ocurre algo que esté más alejado del individualismo del ser. Te catalogas dentro de una serie de tendencias compartidas por una masa, compartiendo poses que sólo intentan hacer uniformes a los individuos. Esa foto sale de tu dominio y se vuelve la prueba de que eres propiedad de otros, tu imagen te deja de pertenecer y se vuelve un bien público. Una foto aislada refleja a un individuo, dos juntas te permiten comparar diferencias pero una miriada de fotos similares terminan por mostrar que jamás existió individuo alguno.Tu rostro no se parece a ninguno hasta que te colocas junto a centena de personas y se vuelve difícil distinguirte.
Ante la desesperación de distinguirnos como individuos nos perdemos en la uniformidad de las masas. Ante el deseo de proteger nuestra intimidad, nos perdemos ante la exposición de la sociedad. Ante nuestros deseos de ser vistos, olvidamos lo que nos distingue y nos exponemos como uno más del vulgo deseando resaltar. A veces pienso que no hay nada menos original que desear ser original.
—Ave Literaria

Unicidad

Una de mis últimas “obsesiones” es el libro ‘El arte de amar’ de Erich Fromm. En él dice Fromm que nos encontramos en una constante misión de liberarnos de la separación/soledad. Pero, a veces todo lo que queremos es esa dotación de soledad y silencio para reencontrarnos.
Es tan fácil perdernos en las multitudes, las masas contagiosas; inspiradoras de rebeldía, irracionalismo, conformidad y locuras temporales. Las masas y los eventos nos absorben con demasiada facilidad. Fuimos diseñados para embonar, para encajar y al mismo tiempo “pelear” por nuestra individualidad. Parece ser parte de nuestro diseño la urgencia para exigir nuestro lugar, reconocimiento y nuestra identidad.
Creamos las comparaciones para distinguirnos al emparejarnos. Disfrutamos de encontrar nuestras similitudes para enfatizar las diferencias. Cuando resaltamos nuestras coincidencias sólo estamos queriendo remarcar lo diferente que somos de esa persona.
Una persona radicalmente diferente nos intriga, una persona demasiado parecida nos molesta, nos irrita, atenta contra nuestra “unicidad”, nuestra originalidad y repudiamos en esa persona todo lo que nos recuerda a nosotros, todo lo que nos resulta amenazante.
Podemos estar con personas muy similares a nosotros mientras sean suficientemente diferentes. Las diferencias, en puntos cruciales, son casi imperceptibles. Como el porcentaje de diferencia arbitrariamente escogido como lo aceptable para no infringir derechos de propiedad intelectual.
Quiero que mi pareja sea parecida a mí, pero no demasiado. Que mis amigos no amenacen mi “unicidad”. Que nadie en mis círculos cercanos tenga oportunidad de desplazarme, de ocupar el rol que tengo, me haga más común y ordinario de lo que ya soy. Quiero ser único en este mundo diseñado para el conformismo.

No eres la persona que conocí

Sobrevalorar.- Otorgar a alguien o algo mayor valor del que realmente tiene. (Definición de la Real Academia Española)

¿Quién no ha sobrevalorado a alguien?

El arte de sobrevalorar a una persona es uno que todos parecemos tener. Sí, creo que sobrevalorar a las personas es un arte. Según su definición arte es la virtud, disposición y habilidad para hacer algo; en este caso, otorgar a alguien mayor valor del que realmente tiene.

Juzgar a las personas es de las habilidades que vamos adquiriendo con la experiencia. Algunas personas nacen con un don para juzgar, medir, evaluar a las personas y, por lo tanto, lo hacen mejor que otras. La mayoría tenemos que aprender a golpes. No es algo imposible de aprender pero tampoco es sencillo y también es peligrosamente sencillo equivocarse.

El principal problema a la hora de evaluar a las personas es el desprender toda emoción de la evaluación. Parece parte de nuestra naturaleza involucrar emociones en todo lo que hacemos, por algo decimos que es lo que nos hace “humanos”. Nuestra humanidad es considerada algo positivo y negativo dependiendo del punto de vista, la situación, los resultados y una infinidad de otros factores que pueden intervenir en el análisis. Al no poder desprendernos de nuestra humanidad, las evaluaciones de otras personas estarán impregnadas de juicios morales y emociones sin fundamento. A veces les vinculamos a las personas cualidades sin tener prueba de que en verdad poseen esas cualidades, por el simple hecho de que nos agradaron a primera vista o nos “dieron buena vibra”.

Por más que lo intento no encuentro la lógica detrás de encariñarse (o lo contrario) con una persona a la que sólo conocemos de vista. Son de las limitaciones emocionales con las que tenemos que andar y a las que tenemos que sobreponernos. Lo que sí he visto es que tendemos a otorgarles cualidades y defectos a las personas según nuestras propias expectativas. Andamos por la vida con un paquete de características que forman a una persona “ideal”, cuya existencia se limita a nuestra imaginación, esperando encontrar a esa persona a la vuelta de la esquina. Entre más jóvenes e inexpertos somos, es más fácil que soltemos esas características y las vinculemos con la primer persona “interesante” que veamos. Así suelen ser esos primeros enamoramientos, producto de la idealización de una persona olvidándonos de lo más importante: conocer a la persona, a la real no a la que existe en nuestra mente cegada por nuestra imaginación.

Pero el arte de idealizar a las personas no se limita a los noviazgos de adolescentes, lo hacemos con amistades, familiares, líderes y compañeros de trabajo. Constantemente estamos buscando esa amistad soñada o ese jefe fantástico, olvidando que sólo existen en nuestra mente. A veces cometemos el terrible error de dejar escapar a los que son increíblemente cercanos a nuestras idealizadas locuras, esperando encontrar algo “mejor”.

Me encantaría poder decir que esos errores se van dejando de cometer conforme pasan los años y adquirimos más experiencia, pero eso no pasa. Claro que adquirimos mayor experiencia y en un mundo ideal, nuestros errores se van haciendo menos frecuentes, pero lo que he visto es que nuestros errores van cambiando pero no desaparecen. Equivocarse es parte de la naturaleza humana, es la forma en la que “aprendemos”, es sencillo: no somos perfectos. Claro que vamos dejando de cometer errores de “principiantes” pero nuestras decisiones cada vez tienen mayores consecuencias, se vuelven más complicadas y costosas. Con el tiempo nos hacemos más celosos y precavidos, en algunos casos llegando a desconfiar en extremo y cerrarnos casi por completo. Empezamos a manejarnos en “zonas de confort”, terrenos probados que representan un riesgo nulo o al menos medido y dentro del presupuesto.

Pocas veces el haber sobrevalorado a una persona es culpa de esa persona. Claro que existen casos en los que nos engañan de forma deliberada, para que tengamos una imagen falsa de ellos, pero son los menos. En la mayoría de los casos en los que las personas no resultan ser lo que pensábamos es nuestra culpa. No es nada grave así andamos todos por la vida, externalizando y proyectando nuestros sueños, ilusiones, deseos, problemas, éxitos y fracasos en las personas con las que nos relacionamos y especialmente en las que vamos conociendo.

Cuando conocemos a una persona siempre debemos tener presente el contexto. Podemos conocer a una persona en un mal día y asociar a esa persona con mala vibra, malas ideas o malos sentimientos, afectando la impresión que tengamos de esa persona sin importar cómo sea en realidad. Es raro que sigamos en contacto con personas que conocemos en contextos negativos, a menos que algo suceda que cambie la mala imagen que tengamos de esa persona. Estamos más abiertos a conocer a nuevas personas cuando estamos de buenas, entonces sí esas personas resultan ser un asco, hay que culpar a nuestro alegre estado de ánimo del día en el que conocimos a esas personas 😉

Carta a la sociedad

Hola

Estaba pensando y decidí compartir contigo lo que pasaba por mi mente. Pensaba en películas, pláticas, música, pinturas, imágenes, fotos, libros, historias, diálogos, momentos… pero sobre todo en ti.

Pensaba en que quiero que aprendas a cuestionar todo, que veas más allá de la superficie y profundices en todo lo que hagas, veas, leas y escuches… en todo lo que vivas. En esta época de levantamientos, revueltas y manifestaciones es importante que analicemos las cosas con frialdad y seamos profundos. A donde vayamos, en donde nos encontremos y hacia donde volteemos encontraremos cosas que no debemos ignorar.

Pensaba en el arte, en esa forma de los artistas de tomar al mundo y expresarlo a través de sus experiencias y emociones, plasmadas de forma física en hojas, lienzos o movimientos; palabras, imágenes, dibujos, edificios o videos. Pensaba en que las cosas más grandes de este mundo, son definidas por sus detalles y los que logran capturarlos son los verdaderos artistas.

Pensaba en que leer es conocer, comprender y tolerar. Leer es codearse con la belleza. Pero el contacto con la belleza no se limita a la lectura, va más allá. Las acciones también pueden ser obras de arte, el altruismo es una belleza artística menospreciada.

Sobre todo pensaba en que estamos conectados en un viaje, compartimos la vida, sin importar las razones ni donde estés. En este recorrido, en esta vida, quiero que aprendas a cuestionar, que nunca pierdas la habilidad de sorprenderte y no ignores tu curiosidad. El mayor peligro que corremos es el de volvernos conformistas (por algo México y el mundo en general se encuentran en crisis). Jamás dejes de preguntar y cuestionar, aprende a hacerlo de forma inteligente y amable, sin ofender, sin atacar. El día que empieces a preguntarte el por qué de todas las cosas, se te abrirá otro mundo, otra dimensión y quiero que la descubras. Recuerda que los filósofos fueron los primeros artistas, artistas del conocimiento.

Encuentra la belleza en todo. Observa todo con los ojos de un artista, con curiosidad intelectual. Cuestiona e investiga, aprende. Pinta, escribe, captura tu vida todos los días. Observa las cosas como si todo lo fueras a dibujar, encuentra la poesía que llevan escondida por dentro. Nunca te conformes con lo convencional con lo que todos te dicen, busca nuevos ángulos, nuevas perspectivas, observa la vida desde todos los rincones que puedas y aprecia todo en su máximo esplendor. Así aprenderás que hay belleza en todo, que hay vida en todo y que la vida es hermosa. Nunca olvides que hasta las tragedias son bellas.

Gózalo todo y obsérvalo con los ojos de una artista.

atte. Corvus